17/06/2007

Días de esplendor en las lagunas

Flamencos.

Texto de José Bejarano
Fotos de Andoni Canela
Los flamencos son nómadas mediterráneos. A los humedales de Fuente de Piedra y La Camarga llegan desde África a criar. En  esos fangos se emparejan, crecen y aprenden miles de flamencos primero grises, luego rosas, a veces rojos cuando echan a volar. Para los científicos son auténticos atletas del aire.

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Refugio en Andalucía. En los años en que en primavera hay agua suficiente, los flamencos crían en la laguna de Fuente de Piedra y pueden llegar a concentrarse por millares. Fuente de Piedra es una de las colonias de reproducción más importantes de la especie en Europa.

Que el Mediterráneo es poco más que un lago grande lo saben los flamencos mucho antes de que el hombre descubriera que el mundo es un pañuelo y lo llamara aldea global. Desde el aire, este mar es una laguna en cuyas orillas afloran otros charcos temporales de someras aguas cálidas y salinas manejadas por el hombre que sirven a estas aves para alimentarse y reproducirse. Cada año, bandadas de flamencos hurgan en la memoria de la especie para saber dónde puede estar el mejor paraje para sacar adelante a los polluelos.

La mayoría de los flamencos y los más experimentados conocedores del Mediterráneo eligen para criar las lagunas de Fuente de Piedra (Málaga) y La Camarga (Francia). También se reproducen de forma estable, aunque en menor cantidad, en el delta del Ebro, Doñana y las marismas del Guadalquivir. Cuando la cosa se pone fea por falta de agua en estos parajes, buscan el embalse de El Hondo, las salinas de Santa Pola (Alicante) o Pétrola (Albacete). Pero no dudarán en dirigirse a Mauritania, a las islas de Cabo Verde, Marruecos, Argelia o Túnez en busca de las lagunas que precisan para su ciclo vital. Observadas sobre el delta del Nilo, los antiguos egipcios creyeron ver en los flamencos al ave fénix, el pájaro que renace de sus cenizas.

Como una flama que se eleva al cielo, majestuosos, errantes, puede que a los flamencos les haya salvado la movilidad geográfica. Nacen muchos, pero crían en pocos lugares. Ahora están catalogados como “casi amenazados” por la reducción de su hábitat natural, los humedales, y por los ciclos de sequía. De Sudáfrica a Kazajstán, de India a Cabo Verde, los flamencos se desplazan en interminables vuelos que pueden superar los mil kilómetros sin escalas. Se alimentan de día y sobrevuelan la tierra de noche para evitar el calor y la acción de los predadores. No son aves migratorias en sentido estricto, sino errantes que buscan cada año en un amplísimo espacio el mejor lugar para criar. Al anochecer es frecuente asistir debajo de los olivos del entorno de Fuente de Piedra a la salida de quinientos, setecientos, mil flamencos que emprenden el vuelo hacia Doñana enbusca de comida. 

Quienes la han observado no olvidan fácilmente esa llamarada de fuego que se eleva raseando sobre las copas de los árboles.

Pintura roja para emparejarse
En el entorno del Mediterráneo se calcula que hay unos doscientos mil ejemplares de flamenco común, conocido como rosa por el plumaje que lucen los adultos. A la península Ibérica empiezan a llegar en febrero, y a Francia, un mes más tarde. Un equipo de investigadores de la Estación Biológica de Doñana acaba de descubrir que en la época del cortejo, los flamencos se “maquillan” el cuello tintando con pigmentos rojos la grasa que extraen de una glándula que tienen sobre la cola. Una vez consiguen llamar la atención de su pareja y crear el huevo, las hembras dejan de pintarse. Estas aves cambian de pareja todos los años. Gregarios, vienen en bandadas, escrutan el panorama y eligen superficies tranquilas de aguas salobres, con unos 70 centímetros de profundidad e islotes o diques para poner e incubar los huevos durante 29 días. Después de la eclosión alimentan a los pollos en “guarderías” hasta que unos tres meses más tarde, casi todos en agosto, son capaces de emprender el vuelo.

Tiempo de reproducción.

Una pareja de flamencos entrelaza sus cuellos en un ritual de cortejo nupcial. Este comportamiento a mediados de primavera marca el inicio de la época de reproducción.
Viven 40 o 50 años, lo que permite que los inexpertos aprendan de los veteranos. El rosa de las plumas lo toman de los microorganismos que comen.
En abril y mayo están las lagunas en plena efervescencia con miles pollos todavía con las plumas grises, torpes las patas zancudas, asustadizos, que se desplazan al unísono como las ondulantes olas de un mar de cabezas. ahuevadas. El predominio del color gris les dura hasta bien cumplidos los tres años y a partir de esa edad es cuando adquieren el blanco rosado característico.

Bellos, esbeltos, los flamencos forman colonias compuestas por miles de individuos que se establecen en inmensas láminas de aguas superficiales alejadas del hombre. Se emparejan y hacen el cortejo en África, pero vuelan a criar en Europa. Los más expertos llegan antes y eligen Fuente de Piedra o La Camarga. Los jóvenes tardan más en acumular fuerzas, y cuando llegan al destino los mejores espacios para la comida y la crianza están ocupados, por lo que se ven obligados a establecerse en lagunas como Doñana, donde es mayor el riesgo para las crías por la frecuente irrupción de predadores como el jabalí cuando baja el nivel del agua. Los nidos de Fuente de Piedra tienen asegurado un 70% de éxito, y los de Doñana, apenas un 15%, apunta Juan Aguilar, investigador del CSIC.

El flamenco es un ave longeva, que puede vivir 40 o 50 años, y eso hace que los inexpertos aprendan de los veteranos. Todavía es posible encontrar ejemplares que fueron anillados en 1976 en La Camarga. La laguna natural de Fuente de Piedra, en el centro geográfico de Andalucía, tiene 1.300 hectáreas de aguas salinas rebosantes del zooplancton y diminutos crustáceos que los flamencos filtran con las membranasm del pico. El color suavemente rosado de sus plumas, más rojas cuanto más salobres son las aguas, se debe a los pigmentos de los microorganismos que come, especialmente la artemia salina.
 
Cada flamenco necesita ingerir unos 400-500 gramos de alimento al día, lo que le obliga a buscar charcas ricas en esos microorganismos. Fuente de Piedra tiene para estas aves la ventaja de estar equidistante de Doñana y del Odiel, cuyas marismas han recibido bastantes lluvias este año, y de las salinas industriales del cabo de Gata, en Almería. En tiempos, la abundancia de humedales hizo de Andalucía un paraíso para los flamencos, pero en los años sesenta fueron desecadas para destinarlas a la agricultura grandes lagunas como la Janda (Cádiz), Ruiz Sánchez, Calderona y los Ojuelos (Sevilla) y Herrera (Málaga), que restaron casi 5.000 hectáreas a la red de espacios inundables. Lo mismo ocurrió en toda España y en los países del entorno. El desarrollismo trajo también una brutal reducción de las tres marismas más importantes (Guadalquivir, Isla Cristina y Barbate), que restó casi 140.000 hectáreas. El 67% de la superficie que se inundaba por temporadas se perdió. Lo obvio es que no puede haber más flamencos que recursos disponibles para su reproducción.

La supresión de humedales ha sido general en toda la ribera del Mediterráneo, y sólo en los últimos años se ha tomado conciencia de su importancia para la conservación de las especies acuáticas. De ahí que se hayan creado numerosos espacios protegidos, entre otros, el delta del Ebro, las marismas del Guadalquivir y del Odiel y las salinas del cabo de Gata. Andalucía tiene la mayor red de humedales protegidos de España, con 110 espacios y casi 30.000 hectáreas inundables.

Fuente de alimentos.

Fuente de Piedra ofrece a los flamencos 1.300 hectáreas de aguas salinas rebosantes de zooplancton y pequeños crustáceos
Cada tres días uno de los padres regresa para dar de comer al polluelo, que les localiza por un graznido particular.

Concienzudos, igualitarios, a la hora de

criar, las parejas se reparten los papeles de manera solidaria. El desgaste inicial de la hembra para producir el huevo es compensado por el  macho, que dedica más tiempo a incubarlo durante las primeras semanas. Después es ella la que dedica más horas al huevo, mientras él se alimenta. El cómputo global de dedicación a la crianza es similar. Una vez nacido el pollo, macho y hembra permanecen junto a él durante el primer periodo, para después turnarse equitativamente para su alimentación. Cada tres días le toca a uno regresar a la guardería desde el lugar donde haya ido a alimentarse, a veces a 200 kilómetros de distancia, para dar de comer al polluelo. Desde el aire, el padre o la madre emiten unos graznidos que sólo su pollo reconoce, y éste se aparta de la manada para recibir en el pico su ración de papilla. A veces, otro pollo hambriento trata de suplantar al requerido y se encuentra con los picotazos del adulto. Como las palomas, el macho y la hembra tienen las glándulas que segregan el alimento. Delicados, frágiles, los flamencos dejan de criar cuando algo altera la paz de la colonia.
 
De ahí el extremo cuidado que tienen
en la laguna de Fuente de Piedra –que alberga entre el 64 y el 100 por cien de las parejas que crían en España– para evitar la más mínima  alteración, especialmente en la isla donde hacen los nidos. Cada pareja empolla un único huevo al año, que sitúa sobre un cono de barro. El espacio aéreo de la laguna está vedado a todo tipo de aeronaves que vuelen por debajo de los 6.000 pies. Sería catastrófico que una avioneta, como ocurrió en 1993 en el delta del Ebro, provocara una estampida en la colonia que destruiría miles de huevos y mataría a cientos de pollos incapaces de levantar el vuelo. Debido a la envergadura de sus alas, los flamencos necesitan correr un trayecto por tierra antes de alzar el vuelo. También les amenazan la falta de alimentos, inundaciones imprevistas que anegan los nidos, la irrupción de jabalíes o gaviotas patiamarillas y las olas de frío, éstas especialmente en La Camarga.

Los fla
mencos se protegen de las inundaciones elevando la altura de los conos de barro en los que hacen los nidos. Ante los jabalíes no hay defensa posible. Lo mismo sucede con las gaviotas, que en La Camarga reducen a la mitad las puestas de cada año. Atletas, supervivientes, una vez terminada la reproducción, buena parte de los flamencos viaja con sus crías al mediterráneo oriental y África occidental, para retornar después en el periodo prenupcial, que suele coincidir con el mejor estado de los humedales. Nómadas, a los flamencos les da lo mismo vivir sobre la planicie rodeada de olivos de Fuente de Piedra que en la laguna formada tras una duna inhóspita del Sahara. Los flamencos son el ave fénix que, en una intensa llamarada, pinta de rojo el cielo de los atardeceres de agosto cuando, cumplido el ciclo de la reproducción, vuelan rumbo a los lugares de invernada.

Regresarán.
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