Dragones senadores del Atlántico

Vista de un drago en el que se aprecia la parte superior del tronco y el comienzo de las ramas, en una ladera empinada del norte de la isla de Gran Canaria
En Canarias quedan alrededor de un millar de dragos. Su hábitat se ha ido reduciendo porque forma parte del bosque termófilo, que se localiza en zonas de tradicional asentamiento poblacional. Su situación medioambiental es de especie amenazada, aunque no existe ningún plan de recuperación en marcha por el momento. Se considera que es un árbol, ya que puede alcanzar hasta los 12 metros de porte, aunque es de la familia de las liliáceas y no posee células lignosas para producir madera. Es, en realidad, lo que se denomina planta leñosa. En cuanto a su distribución, el drago está naturalizado en todas las islas, aunque se había extinguido de Lanzarote y Fuerteventura, las más antiguas y secas del archipiélago, donde se ha recuperado, sobre todo en paisajes urbanos. “El ejemplar más conocido es el de Icod de los Vinos, en el norte de Tenerife, que fue cultivado y al que, a pesar de su definición de ‘milenario’, se le calcula una edad de unos 600 años, aproximadamente. Su imagen llegó a figurar en los billetes de mil pesetas, junto a la del Teide. Pero el más antiguo en estado silvestre es el de Pino Santo, en el municipio grancanario de Santa Brígida”, explica Eugenio Reyes, etnobotánico del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo de Gran Canaria. “No está demasiado claro su origen genético. Se han encontrado dragos en el norte de África, pero no se han realizado pruebas de ADN para comparar ambas especies y comprobar así si las semillas pudieron viajar por el mar hasta las islas”, agrega.


Los aborígenes también consideraban mágico al drago, según consta en las crónicas de la conquista. Usaban su sangre como medicina y también como tinte, pero algunos de sus otros usos son curiosos. “En el Museo Canario, en Las Palmas de Gran Canaria, se puede ver un sarcófago elaborado con el tronco de un drago, lo que es una prueba de que también ocupó un lugar en los ritos funerarios”, aclara el científico. “Los antiguos canarios lo utilizaron además como defensa contra los castellanos. Los agresores cargaban contra un escudo fabricado de la leña del árbol, y la espada se quedaba clavada, lo que aprovechaban los aborígenes para darles con un palo y dejarlos fuera de combate”, describe Reyes.
Esta maravilla de la flora canaria tiene, además, una característica fundamental para su supervivencia. “No se puede decir que sea una planta fuerte, pero sí es resistente. Soporta bien los cambios de temperatura y es de crecimiento lento”, añade Eugenio Reyes. A la pregunta de si el drago se va a ver afectado por el cambio climático, que ya ha aumentado medio grado la temperatura, según los últimos estudios centrados en Tenerife, el investigador contesta con cierto optimismo. “Los distintos pisos de vegetación que existen en las islas hacen posible que las especies migren hacia zonas no muy alejadas de su origen, donde, en pocos metros, pueden subir o bajar varios grados centígrados, según se muevan en la vertical de la orografía”. Eso puede hacer que el Dracaena draco encuentre espacios donde seguir desarrollándose. De hecho, como se ha dicho, el drago, al igual que la palmera canaria, vive en el llamado bosque termófilo, que en las islas se sitúa entre los 200 y los 600 metros sobre el nivel del mar, pero su situación puede cambiar en función del calentamiento global, igual que sucederá con otras especies…, si nadie lo remedia.







