05/05/2013

Blanco frágil

Groelandia

Texto de Isabel Gómez Melenchón
Fotos de Christophe de Bruyn
Erik el Rojo llamó a la isla Tierra Verde pese a estar cubierta de hielo. Un hielo frágil, como el ecosistema y las culturas que han surgido a su amparo. Groenlandia sufrió el verano pasado un deshielo extremo, que se teme que se repita este u otros años y que preocupa a los científicos. Es fruto de las condiciones meteorológicas, del calentamiento global o de una combinación de ambos. En la costa oeste, los efectos de este fenómeno son evidentes.

En los alrededores de Disko Bay, la imponente pared de un iceberg muestra los efectos de la erosión

El silencio lo rompe un estruendo como de un disparo. Minutos después llega otro. Luego retorna la calma. Diez minutos hasta que de nuevo se produce una explosión.

En el barco que traslada a los visitantes desde Ilulisaat hasta el glaciar Eqi a través de un mar de icebergs todo el mundo contiene la respiración y prepara las cámaras por si vuelve a suceder y una pared de hielo se desmorona atronando delante de la embarcación. La fragilidad del mundo blanco se hizo más evidente que nunca el verano del 2012 en Groenlandia, un verano en el que la capa de hielo se fundió un poco más, lo que está cambiando de blanco a verde el color del país, como para darle la razón a Erik el Rojo, el noruego que al desembarcar aquí en el año 982 llamó Gronland, Tierra Verde, a esta isla para atraer a los posibles colonos.

Científicos, turistas y pilotos desembarcan en Kangerlussuaq, el núcleo de comunicaciones aéreas en la costa oeste de Groenlandia, más poblada y visitada que la inhóspita costa este. Sería una ciudad curiosa Kangerlussuaq, si fuera una ciudad y no poco más que un aeropuerto que debe su origen a una base aérea de Estados Unidos, de especial utilidad durante la guerra fría y ahora con sus cuarteles generales convertidos en un museo con salas de reuniones, teléfonos y mobiliario tipo James Bond de los antiguos.
La pared helada del glaciar Eqi se levanta sobre un mar bordado de pequeños trozos de hielo
Un termómetro en el exterior advierte que no se ande dando vueltas cuando la temperatura sea de 20 grados bajo cero. En verano, el tiempo es agradable, demasiado agradable. En algunos momentos incluso hace calor. Las largas horas de sol resultan una bendición para las plantas, tras el interminable invierno ártico. La vegetación está hecha de arbustos, y etéreas flores blancas deslumbran en verano. El único bosque natural de la isla se encuentra en el extremo sur, en Qinngua Valley. Sin luz y sin apenas agua líquida no hay fotosíntesis y sin ella en invierno no hay cultivos, por eso no extraña que todo tenga que llegar del exterior y alcance precios inauditos para un mediterráneo.

Kangerlussuaq es el punto de partida de numerosas expediciones científicas que estudian el cambio climático. Cuando se acerca un nuevo verano, se recuerda que en agosto del 2012 un suceso extraordinario hizo sonar las alarmas en esta zona: una riada espectacular procedente de la fusión de un pedazo de glaciar se llevó por delante el puente que atraviesa el fiordo y que une las dos partes de la ciudad; en una quedan el aeropuerto y los antiguos edificios militares, actualmente pintados de colores y destinados a viviendas de los poco más de 500 habitantes estables. Del otro lado, el restaurante, las tiendas y la pequeña carretera que permite a los turistas adentrarse en el interior y, con un poco de suerte, avistar grupos de caribús y de buey almizclero, una especie de búfalos grandes y peludos.
El fiordo Ilulissat
Groenlandia es uno de los termómetros del futuro del planeta. Y es frágil. Y sensible, especialmente sensible al calentamiento. Con un núcleo central formado por capas de hielo que pueden alcanzar varios kilómetros de espesor, si se fundiera, el nivel del mar en el mundo subiría más de siete metros. Imposible imaginar sus repercusiones en todas las escalas. Eso no va a pasar mañana, explican en Kangerlussuaq, pero es evidente que los glaciares retroceden a consecuencia de la subida de las temperaturas.

Los informativos no dejaron de emitir imágenes de la riada durante varios días, durante los cuales fue imposible cruzar al otro lado salvo en helicóptero, un medio de transporte habitual en esta isla donde la carretera más larga está justamente aquí, en Kangerlussuaq, mide 30 kilómetros y la construyó la empresa Volkswagen para probar sus coches en condiciones extremas: el hielo cubre el 83% del territorio y hace imposible la vida en el interior, deshabitado. Por eso las principales ciudades están en la costa, especialmente la oeste. Los enlaces entre estas se realizan en avión o en barco, y en invierno también en motos de nieve y trineos de perros, aparcados en el exterior de casi todas las casas. En todoterreno se viaja por esta carretera para visitar dos majestuosos glaciares, el Russell y el Kangerlussuaq, que da nombre al enclave.

La pared del Russell se levanta imposible, un blanco inmaculado pero lleno de matices que aparece de golpe entre el gris de las rocas y el ocre de los matorrales. El Kangerlussuaq, nada menos que 190 kilómetros de largo, no es quizás tan impresionante, pero se puede caminar un poco por él, con cuidado. Aquí se han entrenado también militares norteamericanos antes de partir a Afganistán; las condiciones del terreno en su dureza son similares a las de las altas montañas del país asiático. De hecho, en las pistas del aeropuerto se ven aviones militares, mientras delante de las salas de espera un poste con numerosos indicadores señala que Nueva York sólo está a cuatro horas de vuelo, las mismas que a Copenhague, la capital del estado al que Groenlandia está asociado.
Reportajes 1 | 2 | siguiente
Le invitamos a que sea el primero en comentar esta información.

Por seguridad copia en la casilla de texto el código que aparece en la imagen inferior antes de enviar el formulario con tus datos.

captcha Escribe el código que aparece en la imagen
19 de mayo
19 de mayo
Publicidad
Buscar en