13/01/2008

SOS orangutanes

Texto y fotos de Juan Pablo Moreiras

Son los animales más inteligentes después de los humanos. Y corren un serio peligro de extinción. Los bosques en los que viven, en las islas de Borneo y Sumatra, están amenazados por la tala de árboles, y más ahora, cuando el auge del biocombustible extiende las plantaciones de palma de aceite

El Jefe, un gran orangután macho, fotografiado en un bosque de turba encharcado, un hábitat amenazado por el cultivo de palma de aceite

Comparten el 97 % de su ADN con los humanos, su vida media es de cuarenta años y, según James Lee, psicólogo de Harvard, tienen mayor capacidad para aprender y solucionar problemas que los chimpancés
En el bosque de Sungai Putri reina un silencio denso, roto esporádicamente por el distante zumbar de las motosierras y el rumor inconfundible de otro árbol que cae. Sólo cazadores dayak y madereros ilegales se adentran en su espesura, buscando presas o persiguiendo los árboles más altos; una sangría continua que lo fragmenta, lo debilita y lo hace cada vez más accesible y vulnerable a los incendios. Situado en el oeste de la provincia indonesia de Kalimantán, en la isla de Borneo, Sungai Putri es un bosque de turba pantanoso, asentado sobre veinticinco mil hectáreas de un fango denso y consistente de hasta quince metros de espesor; un gran bosque encharcado en el que resulta muy difícil adentrarse.
En su interior, ajeno a cualquier amenaza, el orangután se desliza de rama en rama con una suave mezcla de pereza y soltura, doblando las ramas con su peso para pasar de un árbol a otro. “Besar”, susurran en indonesio los madereros que lo han descubierto hace unas horas. Lo observan con interés y fascinación, y no muestran ninguna hostilidad hacia él. Más bien al contrario: “Grande”, dicen. “Muy fuerte.” “He is the Boss.” “El Jefe”.
Es un gran macho adulto, solitario y esquivo. Es difícil acercarse a él. Se aleja con tal rapidez a través de las copas de los árboles que cuesta seguirlo por el fango encharcado y entrecruzado de raíces, que hacen el avance penosamente lento. De cuando en cuando el gran orangután parece esperar, se gira y observa al pequeño grupo desde las alturas con atención y curiosidad. Probablemente, nunca ha visto a un ser humano antes. ¿Qué pensará de aquellos extraños que lo siguen sin posibilidad de darle alcance, tropezando y haciendo complicados equilibrios para no caer mientras tratan de ahuyentar a los miles de mosquitos hambrientos que acuden al festín a pesar de no haber sido invitados?
Mientras los humanos ya viajaban a la Luna, los orangutanes eran aún muy poco conocidos. Cuando Biruté Galdikas llegó a Tanjung Puting en 1971, no se sabía a ciencia cierta si eran solitarios o sociales, herbívoros o frugívoros, totalmente arbóreos o terrestres ocasionales. Ahora, en gran parte gracias al trabajo de esta primatóloga canadiense nacida en Alemania, que ha pasado los últimos treinta y cinco años estudiando las costumbres de estos animales y luchando por su conservación, sabemos que los orangutanes viven casi todo el tiempo en los árboles, que su dieta se compone en un 60% de fruta, además de hojas, brotes, bayas y cortezas; y que cumplen un papel crucial como agentes dispersores de semillas. Sabemos también que comparten el 97% de su ADN con nosotros y que la vida media de un orangután es de cuarenta años, aunque en casos excepcionales puede alcanzar los sesenta.
Según James Lee, psicólogo de la Universidad de Harvard, los orangutanes son los animales más inteligentes después del hombre, con mayor capacidad para aprender y solucionar problemas que los chimpancés. En la actualidad se reconocen dos especies: Pongo pygmaeus, que vive en Borneo y suma unos 35.000 ejemplares, y Pongo albelii, con 7.000 ejemplares que viven en la isla de Sumatra; ambas se encuentran en peligro de extinción.
El Jefe pertenece a una población de unos 800 ejemplares recién descubierta para la ciencia, que da al bosque de Sungai Putri un valor incuestionable. Pero éste guarda en su interior otro secreto que podría valer millones de dólares: se halla sobre un masivo depósito de materia vegetal en descomposición, que podría liberar cincuenta y cinco millones de toneladas anuales de dióxido de carbono durante veinte años, en el caso de ser quemado para crear nuevas plantaciones. Si progresan los acuerdos internacionales para la protección de los bosques tropicales, Sungai Putri puede significar unos ingresos anuales superiores a los beneficios de su explotación en forma de madera y aceite, pero si se demoran mucho, la salvación llegará demasiado tarde.
Tras la reciente cumbre convocada por la ONU en la isla indonesia de Bali, en la que la presión internacional ha obligado a Estados Unidos a sentarse a negociar una estrategia global ante el cambio climático, es urgente desarrollar acuerdos para compartir el coste de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Hay que evitar que los países menos industrializados del mundo paguen por los excesos de los más desarrollados, que además tratan de prohibir la tala de las selvas, una rápida fuente de ingresos para algunos. Las soluciones están ahí, al alcance de la ciencia. Debemos reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, y para ello hay que conseguir que sea tarea de todos; los países más ricos han de compartir su riqueza, y su tecnología, con aquellos que no las tienen, para cuidar la salud del planeta.
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