20/01/2008
Australia, la barrera de la vida
Texto de Gabi Martínez
La Gran Barrera de coral, que se extiende a lo largo de más de 2.000 kilómetros de costa en el nordeste de Australia, suele ser considerada el animal más grande del planeta. Patrimonio de la humanidad desde 1981, es uno de los lugares del mundo amenazados por el cambio climático y el éxito o el fracaso de su conservación lo convierte hoy en el ecolaboratorio del futuro.

La isla Heron, que alberga un centro de vacaciones.
“Por aquí viene algún americano, algún europeo..., pero la mayoría son australianos”, dice Linda, autora del libro Paraíso encontrado, donde narra su experiencia desde que descubrió la península en 1984. En la foto de portada, Linda sale en bikini armada con un rifle y con un cocodrilo muerto a sus pies. “El rifle hay que llevarlo siempre. Hay peligros reales”, asegura Rick, carpintero de Sydney que pasa largas temporadas pescando en Cooktown y cenando en el Memorial Club, entre armas de fuego, insignias castrenses y tragaperras.
En las salas de juego es fácil encontrar aborígenes. Se juega en toda la costa, en todo el país
–triunfan las carreras de caballos–, pero los aborígenes destacan entre los principales damnificados por la ludopatía y el alcohol. A lo largo del litoral sobreviven unos setenta clanes, si bien los miembros de la civilización más antigua de la tierra no acaban de congeniar con el estilo de vida urbano, y es común verles cariacontecidos deambulando por jardines o bebiendo a escondidas, perdida la mirada en el mar.
El profesor de Prehistoria y Evolución de la Conducta Humana Jordi Serrallonga es de los escasos investigadores que han logrado convivir con aborígenes en tiempos recientes. Serrallonga ha señalado las dificultades de los indígenas para adaptarse al nuevo entorno y cómo las modernas comodidades les están apartando de su carácter cazador-recolector en favor de una vida más sedentaria: “Empiezan a tener gatos de compañía”.
Las comunidades aborígenes reciben subsidios gubernamentales que las apoltronan en sus reservas, multiplicando el número de obesos. A Serrallonga le sorprendió que, “mientras los masáis suelen invertir las ayudas en la educación de sus hijos, los aborígenes australianos tienden a gastar el dinero de forma rápida y compulsiva, comprando cosas a menudo poco útiles”.
Los aborígenes aún son considerablemente felices en naturalezas semivírgenes tan remotas como la de Cape York. La misma que desearía ocupar el senador Heffernan, al igual que algunos empresarios de la industria extractiva. De momento, los aborígenes resisten en esa magnífica península de bosque tropical surcada por ríos que crecen con furia a partir de noviembre y a los que John Denny enfrenta hoy su marcapasos. Para cruzarla es preciso ir tierra adentro, lejos de la Gran Barrera donde los arrecifes se aproximan a la costa cuanto más se acercan a Papúa Nueva-Guinea.
La Old Telegraph Track traspasa el istmo. Es una pista de tierra de color mutante, entre el blanco y el rojo, que se cuela entre miles de termiteros cada vez más colosales. Billones de hormigas diseñan un paisaje que revela la existencia de algo así como una civilización animal. No extraña que Edward O. Wilson, introductor del término biodiversidad, sea el mayor experto del mundo en hormigas. Él ha descrito la importancia capital de los insectos. Y ha observado “el principio histórico de que las civilizaciones desaparecen cuando sus entornos naturales se degradan (...) Los que vivimos actualmente, o conseguimos ganar la carrera contra las extinciones o la perdemos para siempre”.
Laura y Coen son pequeños poblados con gasolinera. Repostamos cada ciento y pico de kilómetros para continuar península arriba mientras John, enamorado de la ópera, canta. De vez en cuando, sobre la pista yace muerto un canguro, sapos o un conejo, atropellados. Weipa, en la orilla del golfo de Carpentaria, fue la mayor mina de bauxita del mundo y aún extrae toneladas, además de caolín. Es la mayor ciudad de la región, y aquí son aún más frecuentes las advertencias sobre el mosquito que transmite la encefalitis japonesa y la prohibición de entrar alimentos o animales que vengan de la otra orilla del estrecho de Torres. “Quarantine”, rezan los carteles por doquier en todas las ciudades del norte.
La carretera empeora. Una tormenta empantana la vía, aumenta el caudal de los arroyos. En pocas horas, la tierra succiona la humedad, vuelve el polvo. Se supera Bamaga, los últimos minipoblados. Tras quince kilómetros por una jungla de lianas que golpean el vehículo, aparece el punto más septentrional de Australia: Cabo York. Desde la punta se ven dos océanos, varias islas y se adivinan las estribaciones de una Gran Barrera que sigue al norte hasta su final inconcreto.
“Tras este viaje me siento mejor”, dice John. Los isleños del estrecho aún bucean en busca de perlas. Perlas. Cabe preguntarse hasta cuándo seremos capaces de mantener viva a la mayor de ellas.
En las salas de juego es fácil encontrar aborígenes. Se juega en toda la costa, en todo el país
–triunfan las carreras de caballos–, pero los aborígenes destacan entre los principales damnificados por la ludopatía y el alcohol. A lo largo del litoral sobreviven unos setenta clanes, si bien los miembros de la civilización más antigua de la tierra no acaban de congeniar con el estilo de vida urbano, y es común verles cariacontecidos deambulando por jardines o bebiendo a escondidas, perdida la mirada en el mar.
El profesor de Prehistoria y Evolución de la Conducta Humana Jordi Serrallonga es de los escasos investigadores que han logrado convivir con aborígenes en tiempos recientes. Serrallonga ha señalado las dificultades de los indígenas para adaptarse al nuevo entorno y cómo las modernas comodidades les están apartando de su carácter cazador-recolector en favor de una vida más sedentaria: “Empiezan a tener gatos de compañía”.
Las comunidades aborígenes reciben subsidios gubernamentales que las apoltronan en sus reservas, multiplicando el número de obesos. A Serrallonga le sorprendió que, “mientras los masáis suelen invertir las ayudas en la educación de sus hijos, los aborígenes australianos tienden a gastar el dinero de forma rápida y compulsiva, comprando cosas a menudo poco útiles”.
Los aborígenes aún son considerablemente felices en naturalezas semivírgenes tan remotas como la de Cape York. La misma que desearía ocupar el senador Heffernan, al igual que algunos empresarios de la industria extractiva. De momento, los aborígenes resisten en esa magnífica península de bosque tropical surcada por ríos que crecen con furia a partir de noviembre y a los que John Denny enfrenta hoy su marcapasos. Para cruzarla es preciso ir tierra adentro, lejos de la Gran Barrera donde los arrecifes se aproximan a la costa cuanto más se acercan a Papúa Nueva-Guinea.
La Old Telegraph Track traspasa el istmo. Es una pista de tierra de color mutante, entre el blanco y el rojo, que se cuela entre miles de termiteros cada vez más colosales. Billones de hormigas diseñan un paisaje que revela la existencia de algo así como una civilización animal. No extraña que Edward O. Wilson, introductor del término biodiversidad, sea el mayor experto del mundo en hormigas. Él ha descrito la importancia capital de los insectos. Y ha observado “el principio histórico de que las civilizaciones desaparecen cuando sus entornos naturales se degradan (...) Los que vivimos actualmente, o conseguimos ganar la carrera contra las extinciones o la perdemos para siempre”.
Laura y Coen son pequeños poblados con gasolinera. Repostamos cada ciento y pico de kilómetros para continuar península arriba mientras John, enamorado de la ópera, canta. De vez en cuando, sobre la pista yace muerto un canguro, sapos o un conejo, atropellados. Weipa, en la orilla del golfo de Carpentaria, fue la mayor mina de bauxita del mundo y aún extrae toneladas, además de caolín. Es la mayor ciudad de la región, y aquí son aún más frecuentes las advertencias sobre el mosquito que transmite la encefalitis japonesa y la prohibición de entrar alimentos o animales que vengan de la otra orilla del estrecho de Torres. “Quarantine”, rezan los carteles por doquier en todas las ciudades del norte.
La carretera empeora. Una tormenta empantana la vía, aumenta el caudal de los arroyos. En pocas horas, la tierra succiona la humedad, vuelve el polvo. Se supera Bamaga, los últimos minipoblados. Tras quince kilómetros por una jungla de lianas que golpean el vehículo, aparece el punto más septentrional de Australia: Cabo York. Desde la punta se ven dos océanos, varias islas y se adivinan las estribaciones de una Gran Barrera que sigue al norte hasta su final inconcreto.
“Tras este viaje me siento mejor”, dice John. Los isleños del estrecho aún bucean en busca de perlas. Perlas. Cabe preguntarse hasta cuándo seremos capaces de mantener viva a la mayor de ellas.
de: Federico Figliano | 08/11/2008
Como lector de Magazine, despues de vivir 6 años en España y ahora regresando a Argentina, una de las cosas que lamentaba era no poder disfrutar de la revista Magazine. Hoy comentando sobre esta misma nota, de la barrera de corales de Australia, que había leído anteriormente en Magazine intenté conectarme a ver si encontraba la revista para, a la distancia, poder seguir disfrutando de ella y, oh buena sorpresa que ahora, aunque no sea en papel, pueda seguir disfrutando de ella. Una alegría, a todos los que la hacen posible, les deseo un feliz 2009 y que sigan así, FdfPg.








