Rumbo a los hielos

La reducción de los hielos
En los primeros días de navegación, la costa está cerca y los glaciares descienden hasta el mismo océano. Masas de hielo cuelgan de las montañas y se precipitan al mar bajo un cielo de un azul intenso. Las pardelas vuelan siguiendo la estela del barco. Focas y ballenas salen a respirar en el horizonte, y un grupo de morsas descansan tumbadas en una isla componiendo un cuadro de armonía casi virginal. Hasta que la escenografía cambia. Aparecen las primeras nubes, y apenas unas horas más tarde la niebla se espesa y la visibilidad no alcanza los 50 metros. Salidos de la bruma como en un espejismo surgen témpanos que flotan sobre las aguas. Son las primeras y contundentes muestras de que nos estamos aproximando a la gran capa de hielo marino. El Lance navega en mar abierto, y ya hemos superado los 80,5 grados de latitud norte; a poca distancia de aquí comienza el uniforme manto blanco que llega hasta el Polo Norte, a unos 940 kilómetros de distancia.
Desde que en los años setenta comenzaron a tomarse mediciones satelitales, este año ha marcado un récord mínimo: nunca antes la extensión de hielo marino había sido tan escasa. Los fiordos al este de las islas Svalbard no se han helado, y el agua proveniente del Atlántico se ha calentado más de dos grados durante los últimos 20 años.
Por el momento, las estadísticas en el Ártico no contradicen el calentamiento a escala global sino que son todavía más radicales. Hasta hace un par de años las previsiones eran que el hielo marino desaparecería por completo durante el verano a finales de este siglo. Hace unos meses, la previsión del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), patrocinado por las Naciones Unidas, fue que ese momento llegaría en el 2050. Sin embargo, los resultados recién publicados (diciembre del 2007) por el investigador Wieslaw Maslowski, de la Naval Postgraduate School de Monterey, en California, son alarmantes: el hielo marino puede desaparecer en tan sólo cinco o seis años según se extrae de los resultados de los últimos modelos procesados por superordenadores. El motivo de esa aceleración, según Maslowski (que trabaja en equipo con científicos de la NASA y del Instituto de Oceanología de Polonia), es esencialmente la influencia del agua marina cálida proveniente del Atlántico y del Pacífico.
Rainer Zahn, que trabaja como investigador en la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (Icrea) y es profesor en la Universitat Autònoma de Barcelona, coincide en gran parte con Maslowski, pero añade un ingrediente más preocupante, el permafrost: “El deshielo del permafrost en el Ártico es una bomba de relojería. El suelo helado representa una gran reserva de carbón fósil y se está fundiendo. Las altas temperaturas hacen que este carbón se emita a la atmósfera en forma de metano, un gas de un efecto invernadero cien veces más potente”. Y, obviamente, por encima de todo ello se sitúa el aumento de CO2 en la atmósfera a consecuencia de la contaminación emitida por actividades humanas como el transporte, la ganadería y la industria.








