Apoteosis de primavera
Cómo disfrutar de la extraordinaria diversidad de la naturaleza y los paisajes en España

Campos de Soria
Al final del invierno y comienzo de primavera, los paisajes de campos de cereales en torno al río Duero, en Soria, contrastan con la floración de los árboles frutales
Las jaras reinan a finales de marzo. Están por todos los campos, bordeando cultivos y dehesas, cubriendo monte y dando al aire el olor inaugural de la primavera. Ellas, que duran un solo día, que cada tarde mudan las flores para estrenar otras por la mañana y son tan pegajosas, son las responsables del olor a monte.
Son seguramente, junto al romero, las flores más extendidas del campo ibérico. También los azules de las matas de romero, más bajitas que las largas jaras, ocupan la vista del campo. Y además del color y del olor, el romero es el culpable del ruido más ensordecedor de la primavera. Porque los abejorros y las abejas, que parecían desaparecidos en invierno, se han despertado y están zumbando sin parar sobre estas flores, su plato favorito.
Otro sonido de temporada da vueltas por el campo y hasta dentro de las ciudades. Son los cantos excitados de los coloridos abejarucos. Aves pequeñas y grandes llegan justo ahora para establecer territorio y buscar pareja, lo que las tiene en permanente exhibición. Durante esas semanas, ni se enteran de la presencia mirona de los humanos. Su espectáculo va ascendiendo de sur a norte, con el calor.
Las aves migratorias adelantan desde hace años su estancia primaveral en la Península. Desde hace diez años llegan una semana antes. Otras especies vegetales se atrasan, como el durillo, un arbusto que normalmente abre sus florecillas blancas en navidades y que en los montes del sur ha florecido en marzo.
Las golondrinas hace días que están aquí, y se hacen visibles los milanos negros, el águila calzada, la culebrera. Ha empezado la reproducción. Los búhos reales y los buitres leonados ya tienen huevos. Tanta actividad permite ver a las grandes aves en los cielos próximos a sus nidos.
Lo pequeño también se exhibe. La primera generación de mariposas vanessa y macaón –las primeras, oscuras con manchas rojas, y las otras, amarillas con manchas negras– inunda en estas fechas toda clase de matorral con flor. Otra muy espectacular es la que llaman chupaleches, blanca con manchas, grande y con una especie de bigotes en las alas. Aparecen dos veces, al principio de la primavera y en verano.
Ahora también es el momento de ver conejos. Cuando llegue el calor, la mixomatosis los atacará y como cada año su población irá mermando. Pero ahora es cuando más fácil es verlos, tanto a adultos como a pequeños.
El campo está realmente transitado en esta etapa, y al acercarse a las charcas y ríos será fácil oír, más que ver, a las ranas. Croan y croan en busca de pareja. Los machos croan para buscar hembra, y a ellas les gustan los de voz grave, síntoma de ser un buen macho. Si uno se detiene un buen rato, puede que descubra el juego e incluso cómo cerca del animal del vozarrón algún macho pequeño aguarda esperando su oportunidad.
Los osos no se acuestan
Más al norte, en las montañas altas de la cornisa cantábrica o los Pirineos, la naturaleza huele menos, pero se llena de colores. Los naturalistas dicen que este año han tenido una primavera invernal, porque en febrero los árboles ya habían florecido y luego llegó la nieve. Un paisaje extraño, bonito a la vista, peligroso biológicamente. Pero la primavera se ha metido en el invierno, y los ciclos van alterados. Los osos puede que no encuentren cerezas, sus primeros frutos de primavera. Cuando las temperaturas no estaban tan alteradas, estos grandes animales pasaban el invierno adormilados y en marzo, tiempo de lluvia y nieve, asomaban el hocico, daban una vuelta y volvían a la cama. Ahora ni se acuestan. Es posible ver osas jugando con las crías a 15 km de Oviedo, en el valle de Trubia.
La vista más espectacular de la primavera en las montañas del norte es la que ofrecen los brezos florecidos, que también se han adelantado un poco. No queda un palmo sin acumulaciones rosas, rojas, blancas. Lo que hace unas semanas parecían montañas peladas se convierte en una mullida alfombra de colores a la que acuden miles de especies libadoras más o menos ruidosas.







