Apoteosis de primavera
Cómo disfrutar de la extraordinaria diversidad de la naturaleza y los paisajes en España

ISLAS CANARIAS
Dragos en La Palma
Lagartos con polen
Otro paisaje de altura, aunque en otra latitud, el del Teide, está ya lleno de flores endémicas, que sólo se ven en las islas Canarias y, a menudo, con su estilo propio en cada isla. Los bicácaros, las campanas que empiezan naranja y maduran en rojo, inundan las cañadas. Cuelgan de la primera planta en la que se enredan, en los márgenes de la carretera. Es una floración espectacular que hace feliz a un buen número de lo que los naturalistas llaman especies en interacción mutualista, aquella en la que todos salen ganando algo. Los amigos de esta flor son un buen número de pájaros libadores, como las currucas y los mosquiteros, que obtienen el néctar de ellas y salen de la campana con la cabeza llena de polen. Y cuando cambian de flor, polinizan.
En esta tarea también colaboran en estas fechas los lagartos, a los que les gusta subirse a las crestas de gallo, un acúmulo de florecitas rojas, rosas, naranjas de las que los reptiles canarios salen con las cabezas coloreadas de polen. También acuden los herrerillos, esos pájaros con librea pintada de azul, amarillo, blanco.
Están floreciendo los grandes y elegantes tajinastes. Los hay de dos metros, de tres o más. En cada isla tienen variedades autóctonas. En el parque nacional del Teide son espectaculares las rojas, un tallo de dos metros cubierto de florecitas en forma de huso. Es también época de crianza para la chova piquirroja, una graja propia de la isla de La Palma. Crían en colonia, usan grandes roquedos y hacen los nidos en toda clase de cavidades. Guardan las crías en comunidad, así que cuando se mueven lo hacen a menudo en grandes bandadas.
Sepias enamoradas
En grandes grupos llegan también ahora a desovar las sepias. En las aguas litorales de Baleares, Valencia o Cataluña, apenas a cinco o quince metros de profundidad, están poniendo huevos. Buscan zonas rocosas o con pradera de posidonia, para proteger a los racimos de huevos negros, como pequeñas aceitunas puntiagudas. Previamente hay mucha actividad. Allí mismo se produce la fecundación, se celebra el ritual amoroso y hay pelea por las hembras. Los pescadores lo saben y echan los trasmallos en esas concentraciones. Porque están tan ocupados intentando agarrarse a una hembra y cambiando de intensidad su color –sepia, por supuesto–, que si algún humano pasa cerca con el tubo, no le harán ni caso.
En el litoral también todo florece al finalizar marzo. Como la cystoseira mediterránea, el pel sauper, un alga parda de casi medio metro que abunda en las rocas muy apreciada por la salpa. Por eso, cuando se la quiere pescar, lanzan el alga al mar para cebarlo y atraer al pescado. Este florecimiento marino que empieza con la primavera llena el agua de nutrientes como nunca en el año. Por eso el Mediterráneo ahora huele a mar.
Más al sur, en el Atlántico próximo al Estrecho, también hay espectáculo. Desde los acantilados de Barbate se puede llegar a ver orcas. Justo ahora entran sardinas a desovar y a ellas las persiguen los atunes rojos, que las van comiendo y también se dirigen a desovar. Y tras ellos, con la misma intención, las grandes orcas. Suerte que se pueden mirar desde tierra firme.
Han colaborado en esta información los científicos del CSIC Miguel Ferrer (Doñana), Enric Ballesteros (Blanes), el naturalista canario Felipe Siverio y el presidente del Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas) Roberto Hartasánchez.








