Ebro, el gigante frágil

El río, visto desde las torres del Pilar, en Zaragoza
“El viento sopla en buena dirección. Los problemas del Ebro son los mismos que hace 10 años, pero hay una dinámica de cambio en curso, mayor sensibilización ciudadana. ¿Queda mucho por hacer? Por supuesto, muchísimo. Pero vamos bien encaminados”, afirma, esperanzador, Pedro Arrojo, una de las voces más sensatas que se escuchan en este valle, áspero y seco cuando sopla el cierzo.
También con los pies sobre el suelo, Javier Garriga redunda en el mismo mensaje desde Sant Carles de la Ràpita. El presidente de la cofradía de pescadores y encargado de vigilar una de las lagunas del delta cuenta que durante los años setenta y hasta mediados de los ochenta, las aguas estaban contaminadas por culpa de los abonos que los agricultores echaban a los campos. Después, “lo riu” mejoró y volvieron a tener capturas aceptables. “La naturaleza es sabia, y si la tratas bien te compensa”, sentencia este hombretón de 63 años y manos inmensas, acostumbradas a trabajar duro.
Dos horas más tarde, una barca cargada de turistas dominicales alcanza la desembocadura después de haber navegado los últimos cinco kilómetros de río. Enfrente, las olas rompen sobre los fondos de arena. “Y aquí, señoras y señores, se acaba el Ebro”, anuncia por megafonía la misma voz que unos minutos antes entonaba la canción esa que dice “el Ebro nace en Fontibre...”.








