22/06/2008
El océano silencioso
Tuamotu
Texto de David Dusster
Fotos de Andoni canela
Los atolones del archipiélago de las Tuamotu encierran lagunas de aguas turquesas, verdaderos remansos silenciosos del océano Pacífico. Tikehau, que se distingue por sus arenas ligeramente rosadas, se está convirtiendo en un nuevo destino de la colección de paraísos que rodean Tahití y las islas polinésicas bajo administración francesa.

Las numerosas cascadas son parte de los atractivos de la isla de Tahití.

Una tiñosa negra emprende el vuelo ante un piquero marrón posado en una rama en la isla de los Pájaros de Tikehau
Lo que distingue a Tikehau de otros atolones son sus arenas rosadas y, sobre todo, su tamaño, los más de veinte kilómetros de longitud de su laguna interior, ese mar silencioso que tiene la fama de ser el más rico en fauna marina de todo el archipiélago, un acuario natural al alcance de la vista desde la orilla o de los bungalows sobre el agua del único hotel de la isla. Hay peces de naranja chillón, otros iridiscentes, otros listados, y también merodean los inofensivos tiburoncitos de punta negra, y las mantas rayadas pasean su curiosa majestuosidad. Tres garzas endémicas sobrevuelan en círculo el istmo de restos coralinos que separan la playa calma de la franja donde bate el océano sobre el arrecife.
Fue Robert Louis Stevenson, en su célebre libro Los mares del Sur, uno de los primeros en describir el archipiélago de las Tuamotu, compuesto por centenares de atolones dispersos de este a oeste a lo largo de casi 2.000 kilómetros y que eran una pesadilla para los navegantes, por su laberinto de arrecifes y los golpes súbitos de viento que podían descontrolar los barcos. El explorador noruego Thor Heyerdahl comprobó esos peligros cuando su balsa de juncos Kon Tiki embarrancó en las Tuamotu al final del viaje en el que intentó demostrar que las culturas antiguas de Sudamérica podían haber navegado hasta la Polinesia.
Gracias a los aviones y al turismo, llegar a Tikehau y a los atolones vecinos de Rangiroa o Manihi es mucho más seguro, y la estancia, mucho más placentera que las jornadas de dieta monótona que describía Stevenson. El pueblo de Tikehau tiene una escuela primaria y 400 habitantes que viven prácticamente del turismo, y entre las sencillas casas de paredes blancas se aprecian cercados de cocoteros, de los que se sigue comerciando con copra, para extraer el aceite. El barquero Jerôme se agacha, recoge del suelo una piedrecilla minúscula de coral que parece una lentejuela y dice: “Tikehau, en el mapa, es más pequeño que eso”. Pero Jerôme, mientras enfila la lancha motora hacia la isla de los Pájaros, es consciente de que esa lentejuela simboliza uno de los pocos paraísos todavía sin masificar.
Fue Robert Louis Stevenson, en su célebre libro Los mares del Sur, uno de los primeros en describir el archipiélago de las Tuamotu, compuesto por centenares de atolones dispersos de este a oeste a lo largo de casi 2.000 kilómetros y que eran una pesadilla para los navegantes, por su laberinto de arrecifes y los golpes súbitos de viento que podían descontrolar los barcos. El explorador noruego Thor Heyerdahl comprobó esos peligros cuando su balsa de juncos Kon Tiki embarrancó en las Tuamotu al final del viaje en el que intentó demostrar que las culturas antiguas de Sudamérica podían haber navegado hasta la Polinesia.
Gracias a los aviones y al turismo, llegar a Tikehau y a los atolones vecinos de Rangiroa o Manihi es mucho más seguro, y la estancia, mucho más placentera que las jornadas de dieta monótona que describía Stevenson. El pueblo de Tikehau tiene una escuela primaria y 400 habitantes que viven prácticamente del turismo, y entre las sencillas casas de paredes blancas se aprecian cercados de cocoteros, de los que se sigue comerciando con copra, para extraer el aceite. El barquero Jerôme se agacha, recoge del suelo una piedrecilla minúscula de coral que parece una lentejuela y dice: “Tikehau, en el mapa, es más pequeño que eso”. Pero Jerôme, mientras enfila la lancha motora hacia la isla de los Pájaros, es consciente de que esa lentejuela simboliza uno de los pocos paraísos todavía sin masificar.

Los corales abundan en las aguas someras de la laguna de Tikehau
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