22/06/2008

El océano silencioso

Tuamotu

Texto de David Dusster
Fotos de Andoni canela
Los atolones del archipiélago de las Tuamotu encierran lagunas de aguas turquesas, verdaderos remansos silenciosos del océano Pacífico. Tikehau, que se distingue por sus arenas ligeramente rosadas, se está convirtiendo en un nuevo destino de la colección de paraísos que rodean Tahití y las islas polinésicas bajo administración francesa.

En Tahití, las familias juegan en las playas con la mágica silueta de Moorea de fondo


Una enredadera de coral rodea la deshabitada isla de los Pájaros. La sinfonía de los charranes blancos y los piqueteros introduce un aire de misterio en el islote en medio de la laguna, que, por una ilusión óptica generada por el bosque de cocoteros y algunos ejemplares de higuera índica, parece más elevado que el anillo del atolón. Jerôme está acostumbrado a localizar los nidos de los pájaros, que parecen no temer mucho a los humanos. El suelo de la isla es un lecho de hojas en descomposición que ejercen de abono orgánico para enriquecer un terreno frágil. Cerca, en el motu llamado isla del Edén, una secta evangelista está labrando la tierra gracias al uso del compost natural. Siembran berenjenas, sandías o pimientos para abastecerse, pero su actividad principal es el cultivo de la perla negra, que se vende a los turistas. Los euros y los dólares ayudan a mantener el paraíso terrenal para esas tres familias cristianas de ascendencia china que han elegido Tikehau para acercarse al cielo.
Para comprender la evolución de las islas de las Tuamotu vale la pena acercarse al museo de Tahití y sus islas, el Te Fare Manaha, en las afueras de la capital, Papeete, desde donde salen los vuelos a Tikehau. Tahití, montañosa, con cascadas y playas brunas, fue el principal mito viajero de la Polinesia desde los tiempos en que desembarcó el capitán Cook, pero en la actualidad parece la isla incomprendida. Los turistas llegan desde todo el mundo al aeropuerto y la abandonan apresuradamente para llegar cuanto antes al paraíso de postal. Y, sin embargo, en Tahití, donde Gauguin descubrió y pintó mujeres sensuales, es donde mejor puede apreciarse la vida polinésica y donde aprender las claves para interpretar luego el medio y la cultura locales. Los domingos, las familias de Tahití hacen vida en la orilla de las playas, se bañan, juegan o disfrutan de un picnic. Los jóvenes esperan agazapados en el mar a que llegue la ola idónea para surfear, las mujeres todavía se adornan con la tiara, esa gardenia perfumada que delata si están casadas o solteras. Y, mientras juegan, la silueta abrupta y espléndida de Moorea llena el horizonte como promesa de los edenes que se esparcen por las islas de Tahití.
Incluso alrededor de la isla de los Pájaros, donde los charranes blancos contribuyen a una sinfonía enigmática

Atolones desde el aire
Para ir a las Tuamotu, lo más práctico es el avión, aunque hay un barco, el Aranui, que cada quincena recala en Rangiroa, el otro atolón con una laguna inmensa que está justo al este de Tikehau. Los vuelos, con turborreactores, salen desde el aeropuerto de Tahití y tardan menos de una hora hasta Tikehau, que se encuentra a unos 300 kilómetros al nordeste de la capital de la Polinesia francesa. La vista aérea es una buena oportunidad para comprender la formación de los atolones, los anillos de tierra de coral que atrapan lagunas interiores y cuyo fondo fue, hace millones de años, un cráter volcánico. Rangiroa tiene una forma similar a la de un zapato y es el doble de grande que Tikehau, con muchos más motus o islotes y una población cercana a las tres mil personas. Tahití es la isla más poblada de los tres archipiélagos –islas de la Sociedad, Tuamotu y Marquesas– y contiene la capital, Papeete, con 30.000 habitantes. La ruta más directa hasta Tahití es con Air France, vía Los Ángeles, con un precio a partir de 1.300 euros desde España en temporada baj

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