24/05/2009

Belgrado

La perla desconocida

Texto de Jordi Rovira
Fotos de Tino Soriano
Casi una década después de los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado, antesala de la transición democrática que siguió a la caída de Milosevic, la capital serbia muestra a los visitantes su potencial económico y turístico mientras lucha por sacarse de encima el estigma de
una guerra que persigue a una de las ciudades más antiguas de Europa.

El interior de la catedral ortodoxa de San Sava, en Belgrado.

“Estoy cansada de explicar una y otra vez que somos un país normal. No me puedo creer que en un mundo tan informado como el actual la gente esté tan desinformada.” Maria Jelesijevich, una joven estilista y diseñadora de Belgrado, no atisba a comprender por qué todavía se asocia Serbia con un conflicto que para ella es ya historia. Al igual que Maria, muchos jóvenes de su generación ven los bombardeos que la OTAN lanzó en esta milenaria ciudad entre el 24 de marzo y el 10 de junio de 1999 como algo lejano. Aquellas bombas, colofón de un largo y complejo conflicto que tiñó de sangre los Balcanes en los años noventa, cerraron un periodo en el que Serbia, castigada por un embargo de la comunidad internacional, vivía de espaldas al mundo y se forjó una fama de país antipático.

Una década después de aquellos bombardeos, Belgrado se ha convertido en una capital moderna y dinámica. La ciudad blanca –eso significa su nombre– ha iniciado un alentador periodo de paz, prosperidad y apertura al mundo. Los resultados de las pasadas elecciones presidenciales y legislativas, donde se impusieron los partidos europeístas, así lo indican. Pero todos estos avances chocan con el imaginario colectivo asociado a la guerra, lo que ha convertido a Serbia en un país desconocido y a Belgrado en una ciudad donde, a pesar de encontrarse a pocas horas de avión de la mayoría de las principales capitales europeas, no hay demasiados turistas. “La opinión pública tiene un sentimiento dividido entre la mala imagen que heredamos de los años de Milosevic y la buena imagen de la época actual. Todavía prevalece más la primera que la segunda, pero estamos en pleno proceso de cambio de esa percepción”, admite Gordana Plamenac, directora de la oficina de turismo de Serbia.

Ese cambio se está consiguiendo, sobre todo, con campañas de imagen como la organización el pasado año del Festival de Eurovisión, que ofreció a millones de telespectadores una sensación de normalidad. También existen una serie de nombres propios que permiten despojar a los serbios de estereotipos asociados al pasado. El cineasta Emir Kusturica –el gran referente moderno del cine serbio– o los tenistas Novak Djokovic, Ana Ivanovic y Jelena Jankovic, por poner algunos ejemplos, llevan implícitos una serie de valores cercanos al carácter abierto y amable de los ciudadanos de este país. En las calles de Belgrado también se vive ese paulatino cambio. La arquitectura gris e impersonal de la época socialista contrasta con unas construcciones modernas y vanguardistas levantadas recientemente.

Un bar restaurante en una terraza sobre el Danubio

Taxis y autobuses característicos en la calle Kralia Milana

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