13/01/2008

SOS orangutanes

Texto y fotos de Juan Pablo Moreiras

Son los animales más inteligentes después de los humanos. Y corren un serio peligro de extinción. Los bosques en los que viven, en las islas de Borneo y Sumatra, están amenazados por la tala de árboles, y más ahora, cuando el auge del biocombustible extiende las plantaciones de palma de aceite

Una madre con su cría cerca de Camp Leakey, en el parque nacional de Tanjung Puting. Los orangutanes tienen una cría cada ocho años, que permanece con la madre hasta los 10. Es el periodo entre partos más largo del mundo animal y también la dependencia infantil más prolongada
Tono es consciente del daño que causa la tala de árboles y afirma que sería preferible que no sucediera, pero entonces ¿de qué iba a vivir su familia? Es la pregunta que surge en cualquier lugar de los trópicos
Mientras tanto, se negocian permisos para la conversión de dos tercios de la superficie de Sungai Putri en cultivos de palma, que podrían precipitar un proceso imparable de años de duración. Primero hay que drenar el bosque por medio de canales que desembocan en los ríos próximos y van secando los depósitos de turba. Cuando se ha extraído toda la madera de valor, se planta fuego, un método barato y destructivo para limpiar la tierra y una condena a muerte para los ochocientos orangutanes de Sungai Putri, porque los restos de bosque que sobrevivan a la tala y a la quema serán insuficientes para albergar una población viable.
Los aldeanos locales se internan en el bosque desde diferentes puntos y tejen una red de canales y pequeños refugios construidos sobre pilares de madera. Eligen los mejores árboles, los talan, los preparan, y las enormes vigas son llevadas por el agua hasta la carretera, a veces a varios días de viaje, donde las entregan a tratantes que las cargan en sus camiones con total impunidad.
No es un trabajo fácil. Las condiciones de vida en el bosque son miserables. Calor, una humedad asfixiante, mosquitos, malaria, sanguijuelas, serpientes venenosas, aislamiento… Por cinco dólares al día. “Poco dinero”, dice Tono, para la dureza del trabajo. Ve con buenos ojos una gran plantación. “Viviría mejor, trabajaría seco y podría atender un pequeño huerto. Conozco gente que trabaja en plantaciones, y en cada casa de sus aldeas hay una motocicleta.” Tono es consciente del daño irreparable que causa la tala indiscriminada de árboles, y afirma sin dudarlo que sería preferible que no sucediera. Pero entonces ¿de que iba a vivir su familia? La misma pregunta que surge en cualquier lugar de los trópicos. La gente necesita dar de comer a sus hijos. Y clandestina hacia Malasia, alcanza un precio veinte veces mayor al pactado en la carretera. En cuestión de horas, y sin manchar las manos de los intermediarios. En Ketapang, los amos del tráfico de madera viven en casas lujosas y frecuentan los círculos de poder. El fraude oficial está a la orden del día, las cifras hablan por sí mismas. De los diez millones de hectáreas liberadas recientemente en el oeste de Kalimantán para plantaciones de palma, sólo tres han sido aprovechados. El resto, tras la tala y la venta de la madera, ha sido abandonado, lo que deja un paisaje devastado que arde con facilidad y cubre la provincia de ceniza cada año a causa de fuegos incontrolados. En el centro de Kalimantán, en los últimos tiempos del mandato de Soeharto, ochocientas mil hectáreas de bosque se talaron como parte de un proyecto masivo de cultivo de arroz que no produjo ni un solo grano. En cambio, los beneficios de la venta de la madera se evaporaron tan rápidamente como el agua en la que se cuece el cereal.
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