20/01/2008
Australia, la barrera de la vida
Texto de Gabi Martínez
La Gran Barrera de coral, que se extiende a lo largo de más de 2.000 kilómetros de costa en el nordeste de Australia, suele ser considerada el animal más grande del planeta. Patrimonio de la humanidad desde 1981, es uno de los lugares del mundo amenazados por el cambio climático y el éxito o el fracaso de su conservación lo convierte hoy en el ecolaboratorio del futuro.

La Gran Barrera de coral, el gran paraíso natural australiano. Formaciones submarinas de este animal, habitualmente confundido con una planta.
Paradojas y errores
Aunque nadie sabe fijar muy bien los límites de la Gran Barrera, tiende a hablarse de la isla Lady Elliot como la estribación más al sur. Una pista de aterrizaje parte en dos la superficie de aquella pequeña isla, que recibe buena parte del turismo proyectado desde la continental Bundaberg, famosa por una destilería de ron que amortiza a fondo las enormes plantaciones de caña de azúcar costeras. Los larguísimos trenecitos cargados de cañas son una constante del litoral, y sus sedimentos y desechos fabriles lanzados al mar han contribuido a deteriorar el arrecife. Bundaberg es un universo de máquinas de irrigación y cosechadoras flanqueadas por iglesias luteranas, presbiterianas y demás, adonde acuden barbudos feligreses en Chrysler o Subaru de los 80, en Ford de los 70. Da la impresión de ser un mundo antiguo que saca lustre a palos de cricket y matamoscas viendo rugby entre pintas de cerveza, acatando rigurosas leyes, ocupado simplemente de la granja y el ganado, ampliando parcelas para compensar la improductividad del suelo..., sólo que han advertido que su entorno está al 35% de vegetación y, si desciende al 30%, la tierra, su tierra, sufrirá un colapso ecológico.
Hacia el norte, Rockhampton es un orbe vaquero rendido al cebú blanco. Ahí comienzan los trópicos y hay arañas tejedoras cuyos hilos sirven para fabricar chalecos antibalas. A los ganaderos ya les preocupan hasta las ventosidades de sus vacas, porque el metano que expelen los tremendos rebaños contribuye al calentamiento global. Se preocupan en serio. Y es que, como señala Jared Diamond en Colapso, los australianos son gente honrada, educada, que ha comprendido (si bien tarde) que la tala de árboles o la introducción de especies exógenas metamorfosean las dinámicas territoriales, por ejemplo, disparando los niveles de sal subterránea. Y han averiguado que el subsuelo no se recuperará al menos hasta dentro de quinientos años. Lo que no acaban de tener claro es cómo atajar la debacle que se intuye.
En doscientos años, los civilizadores han cometido demasiados errores graves. Uno de los más decisivos incumbe al doctor George Bennett, quien, en los orígenes de la colonización y avalado por la sociedad victoriana, impulsó la transformación del paisaje introduciendo animales y plantas de todo el mundo e intentando aniquilar, por ejemplo, al halcón australiano, “por el daño que causaba a nuestros pájaros cantores ingleses” (Peter Macinnis para National Geographic). O el ruibarbo, la planta traída para adornar las calles de Queensland, que hoy se propaga monstruosamente por el aire envenenando reses y asfixiando el resto de la vegetación.
Los ingleses soñaron una ecoprolongación de su patria de la que han resultado plagas importadas que han liquidado especies autóctonas –es el continente con más especies desaparecidas en épocas recientes– y contribuido al desequilibrio ecológico. Un resultado actual es la creación de equipos voluntarios de exterminadores de conejos, camellos, sapos o ratas noruegas; otro, los experimentos que prueban virus para diezmar especies; aparte de esos safaris turísticos que salen a la caza del canguro. Aunque suene a paradoja, los australianos adoran a los animales, como han demostrado desde el televisivo cazador de cocodrilos, el fallecido Steve Irwin, hasta los ciudadanos de Mackay, que se echan a la calle cada tarde en compañía de escuadrones de loros, ajenos a su ensordecedor cotorreo. Hoy, los animales son, aún más, una prioridad.
La animalidad emerge sin paliativos en esta costa: las hormigas que te escalan el gemelo, las aves que escoltan, los peces en cardúmenes a simple vista... Los padres han trocado el “no andes descalzo” occidental por un “quítate los zapatos de una vez”, y es habitual ver pies desnudos sobre el asfalto, gente que pesca, que escala, que nada. Y la oficialidad también impele a la vida al sol, suministrando jardines llenos de merenderos, barbacoas y lagunas.
El disfrute ciudadano y la pureza virginal de islas como las Whitsundays hacen desconfiar a la señora Martha de los discursos pesimistas: “¿Cambio climático? Esto es un ciclo como tantos. En Queensland vivimos muy bien. Todo eso no nos afecta”. Queensland posee dos (la Gran Barrera y los trópicos) de los únicos trece lugares patrimonio de la humanidad (son más de 500) que cumplen todos los requisitos. Es una zona con lluvias invernales periódicas y donde desembocan numerosos ríos. La sequía no golpea con igual fuerza que en otros estados. Estas particularidades, como la de ser la región del mundo con más especies animales aún no identificadas, han contribuido a forjar una identidad distinguida entre los queenslanders: orgullosa, ultraproteccionista y a la defensiva. “Están todos locos”, concluyó el escritor Bill Bryson en su periplo por las antípodas. Pero son demasiadas alarmas sonando al mismo tiempo para ignorarlas. Y la mayoría de los queenslanders no son ingenieros de aire acondicionado ni poseen un avión privado, como Martha. De ahí que arraigue la sospecha de que el aumento de temperaturas se debe a algo más que a un rutinario cambio de ciclo.
Aunque nadie sabe fijar muy bien los límites de la Gran Barrera, tiende a hablarse de la isla Lady Elliot como la estribación más al sur. Una pista de aterrizaje parte en dos la superficie de aquella pequeña isla, que recibe buena parte del turismo proyectado desde la continental Bundaberg, famosa por una destilería de ron que amortiza a fondo las enormes plantaciones de caña de azúcar costeras. Los larguísimos trenecitos cargados de cañas son una constante del litoral, y sus sedimentos y desechos fabriles lanzados al mar han contribuido a deteriorar el arrecife. Bundaberg es un universo de máquinas de irrigación y cosechadoras flanqueadas por iglesias luteranas, presbiterianas y demás, adonde acuden barbudos feligreses en Chrysler o Subaru de los 80, en Ford de los 70. Da la impresión de ser un mundo antiguo que saca lustre a palos de cricket y matamoscas viendo rugby entre pintas de cerveza, acatando rigurosas leyes, ocupado simplemente de la granja y el ganado, ampliando parcelas para compensar la improductividad del suelo..., sólo que han advertido que su entorno está al 35% de vegetación y, si desciende al 30%, la tierra, su tierra, sufrirá un colapso ecológico.
Hacia el norte, Rockhampton es un orbe vaquero rendido al cebú blanco. Ahí comienzan los trópicos y hay arañas tejedoras cuyos hilos sirven para fabricar chalecos antibalas. A los ganaderos ya les preocupan hasta las ventosidades de sus vacas, porque el metano que expelen los tremendos rebaños contribuye al calentamiento global. Se preocupan en serio. Y es que, como señala Jared Diamond en Colapso, los australianos son gente honrada, educada, que ha comprendido (si bien tarde) que la tala de árboles o la introducción de especies exógenas metamorfosean las dinámicas territoriales, por ejemplo, disparando los niveles de sal subterránea. Y han averiguado que el subsuelo no se recuperará al menos hasta dentro de quinientos años. Lo que no acaban de tener claro es cómo atajar la debacle que se intuye.
En doscientos años, los civilizadores han cometido demasiados errores graves. Uno de los más decisivos incumbe al doctor George Bennett, quien, en los orígenes de la colonización y avalado por la sociedad victoriana, impulsó la transformación del paisaje introduciendo animales y plantas de todo el mundo e intentando aniquilar, por ejemplo, al halcón australiano, “por el daño que causaba a nuestros pájaros cantores ingleses” (Peter Macinnis para National Geographic). O el ruibarbo, la planta traída para adornar las calles de Queensland, que hoy se propaga monstruosamente por el aire envenenando reses y asfixiando el resto de la vegetación.
Los ingleses soñaron una ecoprolongación de su patria de la que han resultado plagas importadas que han liquidado especies autóctonas –es el continente con más especies desaparecidas en épocas recientes– y contribuido al desequilibrio ecológico. Un resultado actual es la creación de equipos voluntarios de exterminadores de conejos, camellos, sapos o ratas noruegas; otro, los experimentos que prueban virus para diezmar especies; aparte de esos safaris turísticos que salen a la caza del canguro. Aunque suene a paradoja, los australianos adoran a los animales, como han demostrado desde el televisivo cazador de cocodrilos, el fallecido Steve Irwin, hasta los ciudadanos de Mackay, que se echan a la calle cada tarde en compañía de escuadrones de loros, ajenos a su ensordecedor cotorreo. Hoy, los animales son, aún más, una prioridad.
La animalidad emerge sin paliativos en esta costa: las hormigas que te escalan el gemelo, las aves que escoltan, los peces en cardúmenes a simple vista... Los padres han trocado el “no andes descalzo” occidental por un “quítate los zapatos de una vez”, y es habitual ver pies desnudos sobre el asfalto, gente que pesca, que escala, que nada. Y la oficialidad también impele a la vida al sol, suministrando jardines llenos de merenderos, barbacoas y lagunas.
El disfrute ciudadano y la pureza virginal de islas como las Whitsundays hacen desconfiar a la señora Martha de los discursos pesimistas: “¿Cambio climático? Esto es un ciclo como tantos. En Queensland vivimos muy bien. Todo eso no nos afecta”. Queensland posee dos (la Gran Barrera y los trópicos) de los únicos trece lugares patrimonio de la humanidad (son más de 500) que cumplen todos los requisitos. Es una zona con lluvias invernales periódicas y donde desembocan numerosos ríos. La sequía no golpea con igual fuerza que en otros estados. Estas particularidades, como la de ser la región del mundo con más especies animales aún no identificadas, han contribuido a forjar una identidad distinguida entre los queenslanders: orgullosa, ultraproteccionista y a la defensiva. “Están todos locos”, concluyó el escritor Bill Bryson en su periplo por las antípodas. Pero son demasiadas alarmas sonando al mismo tiempo para ignorarlas. Y la mayoría de los queenslanders no son ingenieros de aire acondicionado ni poseen un avión privado, como Martha. De ahí que arraigue la sospecha de que el aumento de temperaturas se debe a algo más que a un rutinario cambio de ciclo.
de: Federico Figliano | 08/11/2008
Como lector de Magazine, despues de vivir 6 años en España y ahora regresando a Argentina, una de las cosas que lamentaba era no poder disfrutar de la revista Magazine. Hoy comentando sobre esta misma nota, de la barrera de corales de Australia, que había leído anteriormente en Magazine intenté conectarme a ver si encontraba la revista para, a la distancia, poder seguir disfrutando de ella y, oh buena sorpresa que ahora, aunque no sea en papel, pueda seguir disfrutando de ella. Una alegría, a todos los que la hacen posible, les deseo un feliz 2009 y que sigan así, FdfPg.








