Enclaves con derecho a sobrevivir
Un paisaje histórico, el yacimiento de Numancia, en Soria; un enclave agrícola y pulmón verde de Valencia, l’Horta, y uno de los últimos valles vírgenes del Pirineo, el de Castanesa, afrontan los envites que plantean grandes complejos residenciales, deportivos y turísticos. Son enclaves emblemáticos que dentro de unos años podrían verse adulterados si prosperan diferentes proyectos.

Cuando la chufa planta cara al cemento
Apenas quedan una veintena de barracas en la huerta de Valencia, un ámbito en el que confluyen el Turia, el Mediterráneo y la Albufera y que conforma un paisaje milenario, trufado de alquerías, acequias y cultivos. Enrique Navarro, un agricultor moderno que estudió ingeniería agrícola y amplió sus estudios en Alemania, es el inquilino por militancia de una de estas construcciones, que tiene las mismas comodidades que cualquier piso del centro de la ciudad. Enrique, de 37 años, ha demostrado que si se hacen bien las cosas, se puede vivir cómodamente del campo; no se cansa de reivindicar la agricultura ecológica y la figura del llaurador como custodio del territorio.
La expansión urbanística de Valencia y la construcción de nuevas infraestructuras han ido sentenciando la huerta, repartida en 45 municipios de los alrededores de la capital. Los campos de chufas, coles o pimientos han sucumbido a los bloques de edificios y complejos comerciales. Especialmente en el barrio de Campanar, ya sitiado por completo por un cinturón de cemento.
El crecimiento de Valencia también se llevó, en el año 2000, la alquería de la familia de Enrique, que se dedicaba a la agricultura desde el siglo XVIII. La finca les fue expropiada para construir equipamientos deportivos, y Enrique, a quien nunca se le pasó por la cabeza abandonar el campo, tuvo que buscarse la vida y acabó alquilando tres hectáreas de terrenos al norte de la capital, en Alboraya, una de la zonas de huerta mejor conservadas. Y el negocio funciona: el Ministerio de Medio Ambiente, Marino y Rural lo ha premiado por revalorizar la chufa, que también cultiva de manera ecológica. “Lo ideal –cuenta– sería que la gente promoviera la producción ecológica para recuperar la calidad ambiental de los acuíferos.” No en vano, el agua, la red hidráulica, encarna la esencia de la huerta; también la microparcelación, una suerte de mosaico de distintas tonalidades, y las barracas.
Enrique integra la plataforma Per l’Horta, entidad surgida de la iniciativa legislativa popular (ILP), avalada por más de 118.000 firmas, que hace diez años reclamó un marco jurídico que blindara este paisaje. “A raíz de la ILP, la Generalitat valenciana redactó el Pla d’Acció Territorial de l’Horta (PATH), que ya suma más de cuatro años de tramitaciones. Durante todo este tiempo se ha seguido destruyendo este patrimonio; por eso pedimos una moratoria urbanística”, explica Josep Gavaldà, portavoz de Per l’Horta.
El PATH, todavía en fase de alegaciones, prevé proteger una área de 12.000 hectáreas –del total de 32.000–, una cifra insuficiente, a juicio de Gavaldà.
La Agencia Europea del Medio Ambiente reconoce que este espacio es uno de los últimos seis reductos de las huertas mediterráneas metropolitanas que perviven en Europa y destaca sus valores culturales, históricos y paisajísticos. Su compleja red de acequias, una obra de arte de la ingeniería, distribuye el agua del Turia en 138 partes iguales. Si hay conflictos en el reparto de los caudales, entra en juego el Tribunal de las Aguas. A las 12 del mediodía de cada jueves, ocho síndicos se reúnen delante de la catedral para administrar justicia ante los conflictos que surgen entre los regantes. Un juicio que se ha convertido en espectáculo turístico.












