Iluminado, revolucionario, ególatra, el último wasp, la personalización del neofascismo, el último referente de la cultura –o contracultura– occidental, un caprichoso producto de la globalización cultural, el antihéroe millennial, un desquiciado con suerte, activista de los últimos espacios de democracia, la reinvención del enfant terrible, el humorista que se ha reído de la posmodernidad, el individuo que ha plantado cara al establishment digital, charlatán contemporáneo o emblema de las libertades individuales y garante de la incorrección política.

Le llaman desde hace décadas el Oráculo de Omaha, la ciudad estadounidense donde aún reside, ubicada en Nebraska y que tiene menos de un tercio de los habitantes de Barcelona. Warren Buffett no necesita presentaciones en el mundo financiero. Es la única persona del planeta que puede presumir que lleva 77 años en el mundo de las inversiones. La primera operación de compra accionarial la llevó a cabo con 11 años y un presupuesto de 120 dólares. Paga impuestos desde los 13 años.

LA FÓRMULA

El pasado otoño la Fiscalía de París abrió diligencias para decidir si el comportamiento psicopático de los directivos de France Telecom fue el responsable de la ola de suicidios en la compañía entre 2006 y 2009. Más de 50 empleados se quitaron la vida. Por primera vez se intentaba castigar un delito moral fruto de la carencia de compasión de los acusados. Y es quizás un signo de los tiempos: desde que el psicólogo Daniel Goleman popularizó la etiqueta de “inteligencia emocional”, la sociedad empieza a aceptar que los sentimientos son parte de nuestra salud. 

Años atrás se le solía ver a menudo en las trincheras de Hollywood, como productor, director y guionista, pero el éxito extraordinario que ha tenido en su carrera, que incluye las dos películas más taquilleras de la historia, Avatar y Titanic, ha hecho que ya no necesite mostrarse tanto. Por eso, encontrarle al final de la proyección de Alita: ángel de combate, en una de las salas más modernas de Los Ángeles es una verdadera sorpresa.

Más allá de Bergen y su icónica imagen de postal, la Noruega del norte alberga destinos insólitos y menos publicitados que las rutas de los cruceros turísticos. En las regiones de Helgeland y Salten existen lugares remotos que han renacido como negocio de éxito, como Lovund, la isla del salmón, que provee nuestros supermercados. Perviven culturas indígenas como la del milenario pueblo sami, que se resiste a perder su lengua y tradiciones.

Un  aroma intenso a tomate da la bienvenida cuando se abren las puertas automáticas de la explotación agrícola. No es una caricia, más bien un viaje relámpago a la infancia y al recuerdo del tomate de verdad. Un aterrizaje forzoso en el olor de sus hojas. Una visión del huerto con tierra oscura y húmeda. Agua, sol y estiércol. Un flash de las cañas atadas para que la planta se enroscara.

Esta es una historia de orfandades. De ruido y de furia. Y de seres fieramente humanos que se abrieron camino a puñetazos. Como Sonny Liston, un expresidiario condenado por atraco y reconvertido en campeón mundial de boxeo: 97 kilos de intransigencia y músculos en sus mejores días. Ganó combates en 58 segundos y les rompió el tímpano a varias de sus víctimas. Wayne Bethea fue uno de los púgiles que muy a su ­pesar comprobaron en carne propia su descomunal fuerza: perdió siete dientes, que quedaron incrustados en el protector bucal.

 

Es premio Nacional de Teatro 2018 y ha interpretado y encarnado a muchos personajes, pero cuando se “vaya al infinito y por más edad que tenga” dirán que se ha muerto una chica Almodóvar. Julieta Serrano (Barcelona, 1933) conoció al director manchego en 1976 y ha participado en seis de sus 21 películas. Dolor y gloria, ahora en cartelera, es la última.

–¿Qué lecciones pueden extraerse de ella para la vida?