Alquilar el sol

Una de las ventajas que tiene pasar media vida en Londres es que puedes ver España con ojos de extranjero, como un destino turístico clásico de referencia. La mirada que del país proponen agencias de viajes, aerolíneas y las airbnb de turno es bastante coherente. Sol, playa, sexo, cool (Barcelona), algo de cultura, museos antiguos... Todo un poco pasado de moda y sin una especial preocupación por dar respuesta al mundo de hoy. La aparente incapacidad de Marca España de proponer algo diferente, relevante y contemporáneo debe venir propiciado posiblemente por el miedo a perder al que estos temas le parecen suficiente.

Por eso no puedo evitar pensar que se acercan nuevos problemas. El sol y la playa, que pagan la mitad de las facturas de España, brilla igual en Dubrovnik, en Bodrum, Mikonos y en Kotor. Lo que pasa bajo un sol de justicia es casi lo mismo y nuestros colegas de paralelo se están poniendo las pilas a gran velocidad. Por supuesto, España es una gran potencia y tiene mucho que ofrecer. Pero que empecemos ahora a hablar de los “mejores 10 pueblos del país” y que los museos se hayan dado cuenta que no son lugares que se manejan con los mismos códigos excluyentes que el lujo rancio, demuestra que vamos tarde y mal.

Cuando la motivación del turista es la de ver cosas diferentes, sentir que descubre nuevas realidades, que experimenta la vida real... nosotros nos desposicionamos. Alquilar el sol no es suficiente, con esto no tenemos ni para empezar. En un mundo donde el concepto de vacaciones está cambiando, donde salir de compras, dormir en un hotel, visitar un museo y pasear por un parque está siendo fundamentalmente transformado, nosotros seguimos con lo de siempre.

Así que uno se asusta. Mucho. Cuando escuchas que Dubrovnik tiene policías en verano que regulan el tráfico peatonal es ver cómo se escapan los ingresos. ¿Qué podemos hacer nosotros? Esto me lo pregunto mientras les escribo estas líneas en un Dubrovnik desierto en una mañana de enero esperando a mi Uber. Porque aquí sí hay.