Amtrak California

Si hace unos días les escribía sobre los cambios que está experimentando el centro de Los Ángeles, hoy quiero estirar un poco más mi aventura por California y compartir con ustedes el trayecto en tren que me llevó a Los Ángeles desde San Francisco.

Vaya por delante que siempre he disfrutado viajar en tren y de pequeño quería conducirlos, así que no soy del todo objetivo. Cualquier tren vale la pena para mí, y este, mucho más.

El trayecto dura 12 horas si no hay retrasos, y parte de Oakland, ciudad vecina de San Francisco a las ocho de la mañana. Serpentea la costa del Pacífico y llega al centro de Los Ángeles a las ocho de la tarde. Les comento las horas porque es importante, ya que es de día buena parte del trayecto y las vistas piden sol y luz.

A bordo de un tren de Amtrak, que ya de por sí es una aventura, el viaje te lleva, de forma perezosa y sin prisa aparente, por paisajes increíbles que responden exactamente a lo que uno se imagina que es California y las playas del Pacífico.

Todo el trayecto vale la pena, aunque es a media tarde cuando la cosa se pone verdaderamente espectacular. El tren circula por medio de la base aérea de Vandenberg, que ocupa más de 50 kilómetros cuadrados, y en la que no se ha construido ni intervenido desde los años cuarenta de siglo pasado. Esto significa que llega un momento del trayecto en el que desaparecen las carreteras, edificaciones, strip malls y Starbucks y se hace el silencio visual.

Durante más de una hora, el tren recorre espacios totalmente vacíos, en los que uno se hace una idea de cómo debió ser California antes que llegaran los rascacielos y las autopistas de diez carriles por sentido.

Debido a las restricciones propias de un espacio militar, no se ha edificado nada, las playas están desiertas y la única evidencia de humanidad que el trayecto te deja ver son pequeñas construcciones que seguro que más de un general ha aprovechado para tener epifanías.

No se lo pierdan si se encuentran por la zona. Sostenible, tranquilo y de paisaje sublime.