El apagado

El alcalde de Vigo ha retado (no sé si literalmente o en sentido figurado) a todos los alcaldes de España. El alcalde de Vigo es un hombre simpático y tiene, como suele decirse, un pico de oro. Hay también en su elocuencia cierto embolismo, quiero decir que coloca un poco, como los porros. Los alcaldes están para hacer creer a sus paisanos que viven en la mejor ciudad del mundo, y los vecinos del de Vigo se lo llevan premiando desde hace años con mayorías absolutas. Ha decidido corresponderles y ha llenado su ciudad de tantas luminarias navideñas que ha retado a cualquier alcalde a igualarle esa iluminación. Luz y color es decir poco, neones, leds, bombillas, candelitas... qué sé yo. Millones de puntos de luz en toda clase de dibujos, sartales y filigranas. Desde el big bang no se habrá visto nada igual. Es en efecto una iluminación espectacular, increíble, deprimente. 

¿Por qué tantas luces? ¿No se supone que éramos sostenibles?

La ciudad de Madrid se va a gastar tres millones en iluminación navideña, un 15% más que el año pasado, y Barcelona un 50% más también. No hay Ayuntamiento, por pequeño que sea, que no desempolve sus adornos luminosos. Todos sabemos que las Navidades encandilan (que viene de encandelar) a los niños y ponen tristes, impacientan o deprimen a los adultos (y a veces estas tres cosas a la vez). Incluso sabemos que las Navidades son, como las rebajas, algo en lo que ya sólo creen los grandes almacenes. Pero ¿por qué tantas luces? ¿No éramos sostenibles? 

Escribimos con la vaga esperanza de mejorar las cosas, hacer más hospitalario el entorno y mejorarnos y mejorar en lo que se pueda a nuestro prójimo. Por tanto, no debería estar escribiendo este artículo. No servirá de nada. El ­alcalde de Vigo (que nunca lo leerá) se preguntaría, extrañadísimo: “¿Pero cómo? ¿A ese no le gustan las luces navideñas? ¿Cómo puede decir que son horteras y deprimentes? ¡Si le gustan a todo el mundo! ¡Si llevo ya no sé cuántas mayorías absolutas!”. Es verdad... A uno le gustan de las luces las sombras, y de las sombras la esperanza de luz. Pero estas son luces sin sombras. Y le gustan a uno las ciudades tranquilas y ver las estrellas naturales, no las conectadas a la red. Y a ser posible en silencio, sin megafonías, porque se me olvidaba decir que el ruido lumínico suele ir acompañado del estrépito acústico. No sé... Como otros esperan con ilusión “el encendido”, uno espera ya sólo “el apagado”.