Apropiaciones necesarias

En el mundo sutil del arte sartorio, Carolina Herrera es a nuestro tiempo lo que Mariano Fortuny fue al suyo. No hay patronaje, telas, perifollos... por elegantes que nos resulten en el momento que no parezcan a los venideros, pasados algunos años, extravagantes y exageradas modas, sosas o cursis. Pocos virtuosos de la aguja consiguen, no obstante, ser recordados con respeto. Fortuny fue de éstos, desde luego. Y Coco Chanel. Y Balenciaga. E Yves Saint Laurent. Carolina Herrera forma parte de ese restringido grupo, los elegidos, aquellos que interpretaron los aires de su época y los elevaron a una categoría difícil de establecer: la distinción. Como en todos los órdenes de la vida hay dos clases de distinción, para mal y para bien. Esta última es acaso la que alcanza la rara síntesis entre buen gusto y naturalidad, conceptos igualmente movedizos e indefinibles. Independientemente de la mujer que llevara sus trajes, joven o anciana, hermosa o fea, alta o de corta estatura, gruesa o delgada, sus creaciones proporcionaban y proporcionan a quienes las lucen un porte en verdad distinguido. ¿Y qué es un porte distinguido?

Los elegidos supieron elevar los aires de su época a la categoría de la distinción

Contaba José Luis de Vilallonga en uno de los tomos de sus memorias la respuesta que dio su padre, marqués de no sé cuántos y persona que pasaba en la corte por un gran dandi, a Alfonso XIII el día en que este le alabó especialmente su tenue. “¡Qué elegante vienes hoy!”. “¿Sí? No vendré tan elegante si el señor se ha dado cuenta”. Esa es la principal distinción: que la distinción no se note... ni tampoco, claro, la falta de distinción.
Quienes se dedican a idear trajes y vestimentas viven en el mundo de las variaciones. La eterna novedad del mundo, decía Pessoa. La más célebre creación de Fortuny, que elogió Proust, se conoce con el nombre de Delfos, porque su creador se inspiró en ciertas túnicas de las estatuas jónicas. La venezolana Carolina Herrera se ha inspirado ahora en algunos tejidos populares mexicanos para su nueva colección. Y el Gobierno de México, un ente populista demagogo (gran redundancia), la ha acusado de robo y exige su devolución... ¡al pueblo! Tal vez alguien debiera explicarle que en cualquier asunto cultural las apropiaciones no sólo no son ilícitas, sino muy necesarias y obligadas.