Ay, las pajitas

McDonald’s ha empezado a subastar sus últimas pajitas de plástico. Desde finales de febrero ya no hay en sus restaurantes, dicen. Empezó por una, del último lote que les queda, que colocó en medio de un marco ostentoso y la puso a la venta en eBay. El precio de salida fue de un euro, pero inmediatamente la puja se multiplicó por decenas de miles. Solidarios como son, el dinero recaudado se destinará a proyectos de la Fundación Ronald McDonald, dedicada a programas para mejorar la salud y el bienestar de los niños.

Las pajitas de plástico están ahora muy mal vistas porque contribuyen a la polución

Las pajitas de plástico están ahora muy mal vistas porque contribuyen de forma tremenda a la polución global. Como alternativa proliferan las de papel, que tienen el problema de perder su rigidez cuando se sumergen en un líquido. Pero recuerdo que en mi niñez no había pajitas de plástico, sino de papel encerado, tal como las diseñó su inventor a finales del siglo XIX. En la antigüedad –sumerios y tal– eran tallos de plantas huecos. En esa misma niñez, cuando iba de vacaciones a una masía del Montseny, me acercaba al pajar, cogía una paja y me distraía sorbiendo agua con ella (no había Coca-Cola ni nada que se le pareciese).

Las pajitas de plástico –que tuvieron su gran expansión tras la Segunda Guerra Mundial– se ofrecían como una opción para reducir el riesgo de contraer una enfermedad si bebías directamente de los recipientes –botellas, vasos...–, a menudo con poca higiene. Si alguna vez han visto las alcantarillas donde los lateros guardan las cervezas que luego venden por las calles sabrán de qué hablo.  

A finales de los años ochenta, Nicholson Baker publicó una novela excepcional, La entreplanta, en la que su protagonista, un oficinista al que se le han roto los cordones de los zapatos, aprovecha la pausa del almuerzo para comprarse otros. Sus pensamientos –obsesivos, minuciosos– le llevan a reflexionar sobre las pajitas: las que se mantienen en su sitio, las que salen rebotadas y dificultan la succión, las rectas, las que se doblan... Son páginas y páginas de descripciones exhaustivas que ponían de los nervios a los amantes de la narrativa convencional. 

A los que la narrativa, convencional o no, se la rempamplinfle, un consejo: compren pajitas de plástico antes de que sean historia. De aquí a unos años se demostrará que son una inversión que les ayudará a sobrellevar las penurias de la pensión; y perdón por la rima.