Barracones

Nuestras niñas y niños empezaron el cole hace ya algunas semanas. Siempre me produce una sensación agridulce verlos al principio del curso camino de las aulas, arrastrando sus mochilas, y las caritas de sueño por la mañana, o las de agotamiento al final de la jornada. Este año, el comienzo de las clases ha coincidido con varias noticias sobre los miles y miles de alumnos de la enseñanza pública escolarizados en barracones: al menos 50.000, según los cálculos más moderados.

Propongo a los políticos que cedan sus cómodos despachos y trabajen en esos módulos prefabricados

Aunque la situación ha mejorado algo en los últimos cursos, esa precariedad, que nació en los tiempos de recortes, se mantiene en Canarias, Andalucía, Murcia, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Baleares, Aragón y Catalunya. Módulos prefabricados para nuestros críos, a los que habría que añadir la cantidad incalculable de edificios sólidos, sí, pero en malas condiciones: con poca calefacción, sin aire acondicionado para los calores extremos de buena parte de la Península, con patios de juego medio abandonados...

Es más que evidente lo que todo ello dice del interés que algunas administraciones ponen en la educación pública. Lo que debería ser un asunto prioritario, la verdadera apuesta de futuro del país, se ha convertido para muchos en algo secundario. Los barracones son un símbolo de la indiferencia. Una señal de cómo la inversión en la enseñanza ha decaído con la excusa de la crisis. He escrito inversión, y no gasto, porque no concibo que se entienda de otra manera. De hecho, ese es el dinero público mejor empleado si pensamos en cómo revertirá en nuestra sociedad, el que garantiza la buena formación de los ciudadanos y sienta las bases para la igualdad.

Y precisamente por eso –me temo– corren malos tiempos para la educación pública: al neoliberalismo imperante no le interesa una sociedad de ciudadanos bien formados, libres y críticos. Según los últimos datos de la OCDE, los presupuestos para educación han caído en muchos países desarrollados, obligando a las familias a hacer más gasto de sus propios bolsillos y dejando tirados a los niños de las menos favorecidas. España es uno de los lugares donde ese recorte ha sido mayor y donde la educación pública da más señales de desidia. Les propongo algo a los políticos responsables: que cedan sus cómodos despachos enmoquetados a los niños y se vayan ellos a trabajar a los barracones. Igual así se ponen las pilas.