Brunetti

Donna Leon y yo dormimos una vez en habitaciones contiguas de un mismo hotel. Como yo por entonces no había leído ninguna de sus novelas no hice ni caso al asunto: dos autoras que han estado presentando sus libros en la misma feria del libro pasan la noche separadas por una pared. Punto final.

cómo me habría gustado compartir con donna leon un Spritz aquella noche

Pero ay, amigos. Hace tres o cuatro años, en uno de esos agostos en los que las neuronas andan para pocas preocupaciones, mi hermana Ana dejó caer en mis manos una novela protagonizada por el comisario veneciano Brunetti. Y me cautivó. Fue un amor de verano, ojo: nada profundísimo que dejara en mí una huella imborrable. Pero desde entonces hasta hoy me he bebido íntegras sus más de veinte entregas, las pasadas y las que desde entonces se han ido publicando. Ahora, la última acaba de llegar a las librerías. Y entre que yo es­cribo esta página y ustedes la leen sin duda alguna le habré dado fin.

Muchos sabrán de quién les estoy hablando, pero algunos quizá no, por eso permítanme que les presente a mi adorado Guido Brunetti. Aunque su creadora nunca describe en detalle sus rasgos, sí nos da las pistas como para saber que se trata de un hombre de físico grato y talante templado, con el gancho suficiente como para mantener enamorada a lo largo de más de dos décadas a la culta, bella, temperamental y rica heredera Paola Farlier, profesora de Literatura Inglesa en Ca’Forcari, la universidad local.

De origen social mucho más modesto que su mujer, Brunetti es un veneciano de pura raza que lleva en la sangre el dialecto local, la cocina de su mamma y los secretos de las aguas de la laguna. Sereno y equilibrado, voraz devorador de los clásicos, con el punto justo de cinismo y una moral a prueba de bombas, de su mano paseamos por una Venecia casi siempre ajena a las hordas de turistas y a los rincones fotografiados ad nauseam, una ciudad en la que los soberbios palazzi y los paseos en góndola a precio de oro blanco conviven con el tempo sosegado de sus vecinos y adorables recovecos a trasmano, pequeños cafés de clientela fija, floristerías, confiterías, artesanos diversos y bacari ocultos entre los callejones.

En el nombre del hijo es el último caso de este atractivo policía. Cómo me habría gustado compartir con Donna Leon un Aperol Spritz aquella noche, y que me hablara de él.