Buenos modales

El mundo del latrocinio vive días agitados. En las últimas semanas se han dado –en puntos muy distantes del globo terráqueo– casos de cacos agradecidos. El primero lo tenemos en Ucrania, donde finalmente, tras año y medio en busca y captura, han detenido a un ladrón de bancos. Más de treinta atracos había cometido, según propia confesión, aunque la policía sólo puede probar catorce a punta de pistola. Tiene 50 años y entra en la sucursales bancarias con gafas de sol y un gorro, una forma de vestir que, si yo fuese cajero (humano) de un banco activaría todas mis sospechas, igual que los que entran con casco de motorista o burka. Según él, su tarea consiste en “expropiar lo que otros han robado” (supongo que se refiere a los bancos), para luego invertirlo en proyectos benéficos y gastar una parte en “necesidades propias”. La generosidad de este hombre consiste en que, tras cometer el atraco, deja bombones para los trabajadores “por las molestias causadas”. Pues si yo trabajase en un banco esos regalos me la repampinflarían, porque los dulces me gustan poco. Le diría que la siguiente vez que viniese a robar trajese bacalao al pilpil, como mínimo.

Ojo con los ladrones amables que te dejan regalos a cambio de robarte

El otro caso de ladrón agradecido ha tenido lugar en Japón. A un señor le robaron la bicicleta. Gran cabreo. Pero al cabo de poco tiempo la bicicleta volvió a su lugar, acompañada de una sandía y una nota en la que se leía: “He tenido que tomar prestada la bici sin tu permiso. Como disculpa te dejo una sandía en la cesta. Cómetela, por favor. Tendrá mejor gusto si antes la pones en la nevera. Probablemente tenga que volver a tomarte prestada la bici la próxima vez que vaya a mi trabajo de sandías. También entonces dejaré una nota. Disculpas”.

¿Qué está pasando para andarse con tantos remilgos? Qué tiempos aquellos en los que había menos tonterías y, cuando un tipo te robaba la bicicleta, era para venderla inmediatamente y sacar unos dinerines, como le sucedió un día al gran Sergio Makaroff, experiencia amarga que relata en su canción Tranqui, tronqui: “Me han robao la mountain bike. / Fue un yonqui de la plaza Real. / Qué cariño le tenía, / la bici me llevaba y me traía. / Si lo pillo lo machaco, / lo poco que tenga se lo saco, / le coloco un par de mecos, / no me importa si lo dejo seco. / Qué dura es la vida, hermano, / me quedé con el candao en la mano / y mientras te canto mis penas / la bici va rodando por sus venas”. Eso es poesía y lo demás son hostias.