La ciencia perseguida

A muchos de ustedes aquizá no les diga nada el nombre de Carlos López Otín: es difícil que los científicos sean conocidos, ni siquiera los genios. López Otín es uno de los investigadores más importantes de la ciencia española. Catedrático en el área de Bioquímica y Biología molecular de la Universidad de Oviedo, sus trabajos se centran en los genes asociados al cáncer, la artritis y algunas enfermedades hereditarias y sus resultados son reconocidos a escala mundial.

El desinterés de españa por la investigación es tan antiguo como su historia

Un posible candidato al premio Nobel que en estos últimos tiempos se ha visto sometido a una persecución orquestada, probablemente por algunos compañeros mediocres y mezquinos. Quizá era demasiado bonito para ser verdad: un científico excepcionalmente brillante, que ha logrado importantes fondos para su trabajo y que va dejando en la ciencia española discípulos relevantes. Siempre hay gente que no acepta tanto éxito del bueno y que aprovecha la menor debilidad para poner en marcha el famoso ventilador que siembra lodo, aunque eso signifique perjudicar a su propio campo de actividad o a su propia universidad. 

Las noticias sobre el injusto calvario que atraviesan López Otín y su equipo –respaldados, eso sí, por infinidad de científicos de primer nivel y por la propia Universidad de Oviedo– coinciden en el tiempo con unas declaraciones de Luis Serrano, el bioquímico que preside la alianza Somma, la agrupación de los mejores centros de investigación españoles. Serrano, como tantos otros, avisa de que “estamos matando la ciencia en la universidad y en los organismos de investigación”, refiriéndose a los problemas financieros y burocráticos que padecen los investigadores y a los que nadie pone remedio. Aunque una noticia y la otra no parezcan tener una relación directa, lo cierto es que todo forma parte del mismo problema: el desinterés de España por la ciencia, un asunto tan antiguo como nuestra propia historia, al menos desde Felipe II, y que no parece tener solución. 

La mediocridad, las envidias más oscuras y el desinterés general –de los políticos, las administraciones y la sociedad española en su conjunto– auguran un futuro aún más penoso que el presente. Como siempre ha ocurrido, los mejores tendrán que marcharse a trabajar a países que se toman todo esto en serio y respetan el conocimiento. Y aquí seguiremos sirviendo alcohol a los turistas a precios baratos.