Contra todos

Resumiendo mucho las cosas, sabemos lo siguiente: cuando gana la izquierda suelen subir los impuestos; la derecha trata de bajarlos. Cuando el señor Rajoy, de derechas, subió los impuestos, la izquierda se lo afeó, cosa que no se comprende: tendrían que haberse alegrado como cuando alguien acomete por nosotros un deber ineludible e ingrato. La izquierda se ha presentado tradicionalmente “con más sensibilidad” que la derecha ante los problemas sociales. Como si a uno de izquierdas le doliera más ver a un pobre o un niño sin escolarizar que a uno de derechas. El de izquierdas se ve a sí mismo como alguien sensible y solidario, y ve al de derechas como un monstruo devorado por la codicia. El de izquierdas tiende a considerarse un visionario, y moralmente superior. El de derechas se tiene por alguien providencial que remedia los excesos ajenos.

“El pan del estado es poco, pero muy blanco”, dijo tras enumerar sus ayudas

Naturalmente, la realidad ha desmentido en numerosas ocasiones a uno y otro, sin que eso haya cambiado la opinión que tienen de sí y de los demás. Y al final del argumentario, la conclusión: la izquierda asegura que subiendo los impuestos el país crecerá, y la derecha, por el contrario, que cuanto más se suban, más se destruirá.

Acabo de leer que el Gobierno promoverá la mayor subida de impuestos de la democracia, con el fin de asegurar las mejoras prometidas en la campaña electoral, principalmente referentes al salario mínimo, a las ayudas a la dependencia y a la ampliación de los subsidios... Alguien, un hombre común, no un señorito, no un latifundista, se quejaba hace un rato en la barra de un bar de no encontrar en su pueblo (con una tasa de paro del 30%) a nadie que le echara una mano en las tareas agrícolas. “¿Para qué? No me hace falta”, le dijo alguien, al tiempo que enumeraba las ayudas del Gobierno que entraban en su casa: cuatro. Pequeñas, pero suficientes. “El pan del Estado es muy poco, pero muy blanco”, pudo añadir. De su casuística, como de la de otros muchos en el mismo latrocinio, están al cabo de la calle los vecinos de ese pequeño pueblo. Por eso necesitaríamos ahora a alguien en verdad sensible que le explicara a ese tipo y a otro como él que lo que hacen es bien feo, y denunciar, como cualquier maltrato, el que cometen impunemente contra la hacienda pública. O sea, contra todos y a menudo con la connivencia de los políticos que les piden el voto.