Creced y multiplicaos

En el norte de Suecia, junto a la frontera con Finlandia, hay un municipio llamado Overtornea. No sé si debería llamarlo ciudad porque tiene unos cuatro mil quinientos habitantes y nunca sé qué cifra exacta de población marca el límite entre lo que se considera pueblo y lo que se considera ciudad. El caso es que uno de sus concejales, Per-Erik Muskos, ha lanzado una propuesta inusitada: que los quinientos cincuenta funcionarios del Ayuntamiento dispongan de una hora a la semana, incluida dentro del horario laboral, para que puedan irse a casa y dedicarla a mantener relaciones sexuales con sus cónyuges o rolletes, lo que los amantes de los anglicismos llaman ahora “tener sexo”. Dice el concejal que copular mejora la calidad de vida y el rendimiento en el trabajo: “Es un ejercicio físico óptimo, y la ciencia documenta sus efectos positivos en el bienestar de la persona”.

Dice el concejal: “a menudo, con la estresante vida actual, la gente copula poco”

De entrada, los motivos que alega son de tipo gratificante. Pero, más allá de esa gratificación evidente, hay otro motivo: subir la tasa de natalidad, que en Overtornea va cada vez más de baja. Si gracias a esa hora semanal consiguiesen que hubiese más nacimientos, se daría por satisfecho. Dice el concejal Muskos: “Además, debemos animar a la gente a procrear. Muy a menudo, con la estresante vida actual, la gente copula poco”. El municipio (¿ciudad?) está muy lejos de las dos principales urbes suecas, Estocolmo y Göteborg, y muchos jóvenes emigran a ellas porque es donde encuentran las grandes oportunidades laborales. La medida la votarán en un pleno municipal de aquí a dos meses. Consultada al respecto, la sexóloga Malin Hansson dice que, si dependiese de ella, no limitaría la medida a Overtornea sino que la introduciría en todo el país.

Supongo que la cosa funcionaría más o menos así. El funcionario apagaría su ordenador y se dirigiría a su jefe:

–Me voy una horita a casa, a ver si procreo.

Pero ¿y si en vez de eso se va a un bar a tomarse unos vod­kas, a dar un paseo o a casa, sí, pero a dormir una siesta, que es una costumbre menos meridional de lo que algunos creen? ¿Y si va a casa con ánimo de procrear y su cónyuge no está? Hasta donde yo sé, uno solo no procrea. Y aún más: ¿y si va a casa, encuentra a su cónyuge a punto y, efectivamente, se ponen a follar de forma desaforada, pero uno de los dos utiliza algún tipo de método anticonceptivo? ¿Cómo sabrá el concejal Muskos que no le están tomando el pelo?