El cuentakilómetros

A ver, en principio, ¿para qué alquilas un coche? Pues para ir de un lugar a otro. Si se es propietario de uno no hay necesidad de alquilarlo, pero cada vez más personas prefieren no tenerlo en propiedad y, cuando ocasionalmente lo necesitan, recurrir al carsharing, que es la forma moderna de alquilar. Lo de compartir está hoy en día muy bien visto. 

Muchos usan el coche como espacio de recogimiento, trabajo, descanso y meditación

Pero resulta que hay países en los que hay gente que los alquila y no los usa para desplazarse. El año pasado se dio cuenta de ello una empresa de carsharing japonesa. No entendía por qué muchos de sus coches volvían con el cuentakilómetros casi con la misma cifra con la que los habían alquilado. Diversas otras empresas explican a The Asahi Shimbun (7.960.000 ejemplares diarios impresos, poca broma) que les sucede lo mismo. Rápidamente hicieron una encuesta entre sus clientes. Y descubrieron que muchos los alquilan simplemente para tener un espacio privado en el que reposar un rato en medio de la jornada laboral. Uno de ellos les explicó: “Usualmente, el único sitio donde puedo echar una siestecita entre visita y visita a mis clientes es un cibercafé que hay frente a la estación, pero alquilar un coche cuesta casi lo mismo”. Además de para echar una cabezadita, también sirven como lugar de trabajo, para cargar el móvil, para comer sin que nadie te moleste, para mirar vídeos o para dejar la maleta si no hay taquillas libres en la consigna de la estación. El número de clientes que los alquilan por estos motivos crece de forma lenta, pero constante. Qué lejos quedan los Simca 1000 en los que, según Los Inhumanos, era tan difícil hacer el amor. Ahora, las prioridades son otras.
El problema es que si los coches no circulan y no aumenta el kilometraje las empresas pierden dinero. Cobran por kilómetro recorrido y, si se quedan en el aparcamiento, todo eso que pierden. Para ellas lo ideal sería que estuviesen rodando constantemente. De momento lo que han hecho es recurrir al habitual truco ecoculpabilizador. Recuerdan a sus clientes –que en invierno ponen la calefacción para no pasar frío y en verano el aire acondicionado para combatir el calor– que, al mantener los motores en marcha, el efecto en el medio ambiente es devastador. Si esa estratagema no funciona, lo más probable es que implanten una tarifa que penalice a aquellos cuyo cuentakilómetros apenas se mueva. No pasa día sin que el mundo nos ofrezca un nuevo motivo de fascinación.