El dilema

El esquema es siempre el mismo. Un día, paseando, descubres un restaurante bueno del que nunca habías oído hablar. Es de cocina de toda la vida, sin sorpresas, algo cada vez más raro en esta Barcelona en la que la tecnocreatividad gastronómica está llegando a límites que hace tres décadas no habríamos imaginado; e imaginábamos cosas terribles.

Hablar bien de un restaurante que te gusta conlleva riesgos terribles

La obsesión por ser más creativo que nadie ha hecho que, con pocas excepciones, los restaurantes que ahora se abren estén en manos de gente incapaz de preparar un par de huevos fritos, pero que se enorgullece de ofrecerte su tempura de escroto de unicornio asilvestrado con chapulín y ligero humo de mezquite patagónico. Bueno, el caso es que descubres un restaurante honesto y sin tonterías. Tras la primera vez, como te ha gustado, vas una segunda. Hay pocos clientes. La mayoría de las mesas están vacías. Vuelves otra vez. El panorama es el mismo. Empiezas a pensar que, si la cosa sigue así, pronto tendrán que cerrar y en el local pondrán un restaurante hipster. Te sabe mal. Se come bien y te gustaría poder seguir visitándolo a menudo. Por eso se lo recomiendas a tus amigos, a ver si van.

Van. También les gusta. Esos amigos explican el descubrimiento a amigos suyos. Y éstos, a otros. El resultado es que muchos que nunca habrían puesto los pies en él (la puerta de entrada es desangelada, por ejemplo) empiezan a ir. Te sientes feliz. Feliz porque ese sitio merece más clientela y, egoísta como eres, feliz porque tú podrás seguir yendo. Que no van a echar el cierre queda claro cuando, cada vez que vas, hay más gente y menos mesas vacías, y llega un momento en que –oh, sorpresa– todas están llenas.

Hasta que llega un día en el que no hay forma de encontrar mesa libre. Si quieres comer al mediodía tienes que reservar a primera hora de la mañana. Pocas semanas después, debes reservar con días de antelación. Y, como no sabes prever donde comerás de aquí a tres días, dejas de ir.

Ya estás acostumbrado al esquema. La siguiente ocasión en la que descubres un restaurante bueno al que va poca gente te planteas qué deberías hacer. ¿Callar y no aconsejarlo a nadie? Pero esa pregunta ya te la has formulado en las anteriores ocasiones: si va perdiendo clientes acabarán por cerrarlo, y no quieres que eso pase porque se come muy bien y deseas volver a menudo, etcétera, etcétera. He ahí la gran duda existencial, que se repite siempre a lo largo de la vida.