Dos maestras en El Prado

Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. A muchos de ustedes, estos dos nombres no les dirán nada. Ellas fueron, sin embargo, dos estrellas de la pintura en el siglo XVI, dos artistas cuyo talento desmonta ese falso relato que afirma que jamás existieron mujeres que se dedicasen profesionalmente al arte y que merezcan ser comparadas con sus colegas varones.

Eso es lo que siempre nos han dicho, dando por supuesto que todas las cosas importantes que han sucedido en la historia de la humanidad –buenas o malas– las han protagonizado los hombres. El género femenino parece haber sido una inmensa sombra gris, una mancha desdibujada de seres anónimos dedicados en exclusiva a gestar, parir, barrer y cuidar de que los garbanzos no se quemen al fuego.

A los historiadores les ha costado reconocer que una obra valiosa pudiese ser de una mujer

Afortunadamente, los estudios de género iniciados en la década de 1970 han ido demostrando que no es verdad. A pesar de estar sometidas a las normas del patriarcado desde hace miles de años, muchas mujeres fueron capaces de alzarse por encima de los límites que se les imponían y ser protagonistas de vidas activas. También en el mundo artístico, aunque los libros no nos lo hayan contado.

Anguissola y Fontana triunfaron en vida como pintoras. Pero, igual que les ocurrió a muchas de sus colegas, sus figuras fueron rápidamente olvidadas. La historia fue tan cruel con ellas que llegó incluso a despojarlas de sus obras. El Museo del Prado, por ejemplo, posee cuatro lienzos de Anguissola, pintados durante su estancia en la corte de Felipe II, que hasta tiempos muy recientes fueron considerados de artistas varones. Ese saqueo se ha repetido una y otra vez con infinidad de mujeres artistas: atrapados en el relato androcéntrico, protagonizado por los hombres, a los historiadores les ha resultado muy difícil reconocer que una obra valiosa pudiese ser de una mujer.

Las cosas están cambiando. El propio Prado acaba de inaugurar una magnífica exposición sobre esas dos pintoras que les otorga el lugar que se merecen. Al exhibir sus retratos y sus cuadros religiosos o mitológicos al lado de los de los mejores artistas de su tiempo, Anguissola y Fontana prueban lo que realmente fueron: dos grandes maestras. Les aseguro que verlas así, en su propio contexto, resulta emocionante y conmovedor, como si esta muestra sirviese para cerrar una herida largamente abierta. Si pueden, vayan y admírenlas.