DTLA

Les escribo estas líneas sentado en una cafetería en DTLA, la forma cool de llamar al centro de Los Ángeles (Downtown Los Ángeles). Pocas veces he sido testigo de un mayor contraste en los barrios regenerados que se pueden encontrar por todo Occidente.

El centro de Los Ángeles, ciudad espectacular y destino obligatorio de la contemporaneidad, fue concebido a finales del siglo XIX y prácticamente abandonado a mediados del pasado, cuando empezó una progresiva degeneración que lo convirtió en una de las áreas más peligrosas de la ciudad y de todo el estado de California.

En los últimos años se ha ido gentrificando, provocando un paisaje único de contrastes entre ricos (viviendo en edificios históricos renovados o en las nuevas torres que emergen como fantasías de Ballard) y pobres (muy, muy pobres, abandonados por la sociedad y que hacen de estas calles su hogar).

Los teatros y cines construidos en delirante art déco (abandonados durante medio siglo y sede ahora de tiendas de moda y salas de fiesta de hoteles prémium-boutique-independientes) merecen ser visitados, al igual que el edificio Bradbury (donde Ridley Scott filmó parte de los interiores de Blade Runner). También hay que ver la librería más conocida de la ciudad (The Last Bookstore), Grand Central Market y, ya puestos, la sede de la nueva iglesia de moda, Hillsong.

Poco a poco el barrio reclama un poco del interés turístico que hasta ahora tenían las playas de Venice Beach que inspiran a Lana del Rey, el paseo de la fama en Hollywood y las calles de Melrose. Turistas, junto a los especuladores y visionarios, provocamos la aparición de la maravillosa Blue Bottle Coffee, en la que el barista me recomienda que no pierda de vista mis cosas porque “roban mucho”.

Pasear por este barrio es sumergirse de pleno en las contradicciones imposibles que pueblan nuestra realidad y de las que nuestro (mi) privilegio hace que muchas veces prefiramos no ver. Mi café vale 6 dólares, y el de la tienda de al lado, 0,50. Puerta con puerta, universo contra universo.