Educación

Asistí a un colegio concertado y no recibí una educación represiva, ni doctrinal ni carca, y sí un firme empeño por dotarnos de una enseñanza sólida y solvente, planteada a menudo con avances pedagógicos en consonancia con aquella España de los años setenta que se abría al mundo. Tuve por lo general buenas profesoras y buenos profesores, unos chapados aún a la antigua, otros abiertamente modernos. Fuimos pioneros en cursos mixtos, recibimos clases de expresión corporal en primaria, en secundaria estudiábamos la Constitución una hora a la semana y la sexualidad entraba en el programa de alguna asignatura. Comparando ese sistema con el de mis padres en la posguerra, sólo se me ocurre un calificativo: revolucionario.

En más de cuatro décadas, apenas he visto avances en el sistema de enseñanza de este país

Aun así, aquello era –como casi todo– muy mejorable. En las más de cuatro décadas que han transcurrido desde entonces, sin embargo, apenas he visto avances. El currículo, con algunas variaciones en nombres de materias, temas y número de horas, sigue siendo prácticamente el mismo. La metodología, no muy diferente. El sistema de evaluación, casi idéntico. Y la filosofía subyacente, prima hermana. Como madre, profesora universitaria que he sido y ciudadana preocupada por la educación como valor supremo de toda sociedad, mi percepción es que, en asuntos fundamentales, bien poco nos hemos superado.

Acaba de arrancar un nuevo curso y me repatea escuchar el absurdo debate que ha surgido estos días, y que ya es recurrente. Que si los libros de texto de Canarias no incluyen ríos, que si en Catalunya se niegan a rozar a los Reyes Católicos, que si el valenciano es lengua propia y no dialecto. Polémicas, en fin, que desvían la mirada de las cosas relevantes. 

¿Es que a nadie le importa saber que –según la Unesco, no yo– España necesita mucho más profesorado del que tiene, castigado además por los recortes de los últimos años y una lamentable falta de reconocimiento social? Las desigualdades entre comunidades, ¿tampoco son preocupación de nadie? ¿El fracaso escolar? ¿La convivencia en las aulas? ¿El hecho de que las niñas sigan encauzándose sólo minoritariamente hacia las carreras técnicas y científicas? ¿El sistemático maltrato a las humanidades? ¿La falta de interés por el desarrollo de capacidades analíticas, la creatividad, las habilidades comunicativas o el desarrollo de otras tantas competencias?

Que los contenidos identitarios se sigan convirtiendo año a año en el centro del debate educativo, es quedarnos en la mera anécdota y no agarrar el toro por los cuernos.