En diez días, Navidad

Dicen que Navidad es ese día glorioso en el que las familias se reúnen alrededor de una mesa para recordar las razones por las que el resto del año apenas se dicen nada. Hay anuncios –de turrones, de café...– en los que, en una casa, de repente alguien toca el timbre y, para sorpresa de la madre –y luego del padre y de los hermanos–, en la puerta aparece el hijo que vive lejos. ¡Ha vuelto a casa por Navidad! Suerte que donde se sientan cuatro se sientan cinco. O seis, ocho o catorce, porque al núcleo básico familiar se añaden parientes de lo más variopinto: tíos, primos, madrinas, padrinos..., y no falta nunca un individuo, generalmente de edad avanzada y con aspecto despistado, que a veces cuesta recordar quién es exactamente y qué vínculo tiene con ellos. Pero, como cada año acude, sería de muy mal gusto preguntarle:

¿Quién es ese señor que, en la comida de Navidad, viene cada año y nadie conoce? 

–Perdone, ¿usted quién es?
Puede suceder que el hombre empezase a asistir a los banquetes navideños cuando era bebé, de la mano de sus padres, en épocas lejanas en las que la familia que monta el encuentro la formaban abuelos e incluso bisabuelos que con el paso de las décadas fueron muriendo. Y los abuelos que quedan vivos han empezado a perder la memoria y a padecer cierto deterioro cognitivo, con lo que es imposible preguntarles quién es ese invitado que cada año se presenta y nadie conoce. Lo prudente en este caso es aceptarlo y ya está. Si ha pasado medio siglo viniendo cada Navidad no le vas a quitar ahora el gustazo.

Para romper el hielo es básica la ingesta de alcohol. Vino, champán y destilados, por este orden o mezclándolos de forma desaforada. ¿Por qué empezar con el vino, seguir luego con el champán y acabar finalmente con los destilados? Empieza con estos últimos, que van directamente a la vena, e invéntate la teoría de que es así como se hace en Uzbekistán, por ejemplo. Aprovecha entonces para explicar el viaje que hiciste en verano a ese lindo país asiático (aunque nunca hayas estado en él). Abunda en detalles prolijos. Nadie se va a interesar lo más mínimo por lo que dices, por un lado porque tus historias les importan un pito y, por otro, porque a la tercera copa ya estarán medio abotargados. El único peligro es que el individuo que no sabes quién es sea abstemio, se interese realmente por lo que cuentas y te veas obligado a fingir que tú también estás abotargado, soñando con un mundo feliz en el que, el año próximo, no haya reunión de Navidad.