Escaparatismo de lujo

Quiera el Estado, que sufraga en parte la juerga, que nunca se acabe Arco. Cuántos buenos momentos nos hace pasar todos los años. Como este titular de El Español: “De una lechuga por 55.000 € a un palo pintado de rojo de 5.000: las once obras más ridículas de Arco”. Me interesó mucho ese palo rojo. Era, en efecto, un palo de escoba pintado de rojo, y agradecí la sinceridad, porque en arte, como en política, prometen cosas que luego no dan. Su autor se llama Pedro Barateiro. Busqué en internet Barateiro, por si era una broma. Me alegré de que no, demostrándose, una vez más, que la realidad supera al arte.

No se acaba de entender que el arte aún se siga beneficiando de la palabra libertad

 

Me extrañó también que entre esas once obras no figurara la que llevaba por título Ninot: un muñeco de falla valenciana, representando al rey Felipe VI, 200.000 €. Su autor es el mismo que el año pasado triunfó con Presos políticos, un montaje sobre los políticos presos del procés. La de este año viene con manual de instrucciones: el comprador se obliga, contrato mediante, a quemarla antes de un año. Aunque lo lógico fuese que el artista se comprometiera también a quemar los 200.000 €, de esto último no se dice nada. Como con la obra del año pasado se habló mucho de “libertad de expresión”, “diversión”, “valentía” y “coherencia” creo que por coherencia debería comprarla la alcaldesa Colau y quemarla en la plaza de Sant Jaume el día que se conozca la sentencia del Tribunal Supremo. Qué menos: se lo debe al pueblo y a la historia, y ya se ha entrenado antes con bustos reales y con nombres de calles.

“El arte contemporáneo lo entienden hasta los tontos”, dijo Antonio López a El Mundo por esas mismas fechas. No estoy de acuerdo: yo me tengo por un hombre bastante tonto, y no acabo de entenderlo. Veo, sí, que el del palo rojo y el del ninot se consideran artistas rebeldes e independientes, cuando se diría que son exactamente lo contrario, servilones que hincan su rodilla ante su parroquia política o el dinero, como otros artistas del pasado le hacían la reverencia al rey, al banquero, al obispo. Y eso es lo que no acaba uno de entender: que un arte que no pasa de ser escaparatismo de lujo siga todavía beneficiándose de la palabra libertad, cuando es al revés: nunca el arte y los políticos han estado tan satisfechos de su esclavitud y de la estupidez, propia y de los suyos.