Este domingo, 23-F

Tras el 23 de febrero de 1981, durante diversas décadas fue habitual que cada 23 de febrero los medios de comunicación te preguntasen cómo habías vivido aquella jornada. Era una costumbre que remitía a la de los estadounidenses, que recordaban con detalle cómo vivieron ellos la llegada a la Luna del Apollo 11 o el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, inesperado, pero igualmente retransmitido en directo por las televisiones de aquel país.

Qué gran película, ‘La princesa y el pirata’,  con bob Hope y Virginia Mayo

El 23-F (en poco tiempo esta sigla alfanumérica se convirtió en la denominación habitual) también se vio aquí por televisión. Pero yo no estaba frente a la tele en aquel momento. Tras unos meses en un nuevo piso –nuevo para mí, debieron de construirlo más de cien años antes– fui pintando poco a poco las habitaciones: primero el dormitorio, luego el comedor, más tarde el estudio donde trabajaba. Aquel 23 de febrero me había decidido finalmente a pintar el pasillo. Y ahí estaba, con mi bote de pintura blanca y mi rodillo, encaramado a una escalera –aún eran de madera–, cuando sonó el teléfono. 

Era mi suegro, que me explicó lo que pasaba en el Congreso de los Diputados. Me dijo que valorásemos la posibilidad de cruzar la frontera. Yo no estaba metido en política, pero había recibido amenazas de muerte por parte del Batallón Catalano-Español, un grupo de extrema derecha que se dedicaba a amenazar a mucha gente que no fuese de su misma cuerda. A mí me dejaban cartas en el buzón de casa, lo cual acojonaba bastante. En las cartas me conminaban a “cejar en mis actividades pornográficas” (escribía historias guarras en las revistas) y a abandonar el país lo más rápido posible. No me costó mucho decidirme. Seguí pintando y, por la noche, me quedé en casa mirando TVE. Pasaron una película protagonizada por Bob Hope y Virginia Mayo, La princesa y el pirata. La película ideal para un momento así. Luego (o antes, tanto da) salió el monarca, explicando que la cosa estaba controlada y que los tanques regresaban a sus cuarteles.

Año tras año, cada vez que los medios me preguntaban qué hacía el 23-F, utilicé la anécdota del bote de pintura, el rodillo y yo subido a la escalera. Era cierta y resultona. Ahora, estos últimos años ya no preguntan por aquella fecha. Muchos jóvenes periodistas ni siquiera debían de haber nacido y, además, en estos mercuriales últimos años las fechas referenciales han pasado a ser otras.