Evolución comercial

Les escribo estas líneas en un descanso en medio de tres días de encuentros en el recién inaugurado Congreso de Retail y Experiencia de Marca en Barcelona. Es la primera edición y nos han pedido si podemos ayudarles mostrando a los asistentes los cambios en el mundo del comercio y los espacios de venta en Barcelona. Por cuestiones de trabajo debo analizar muchas veces qué hay detrás de lo que ha hecho a Barcelona una ciudad excepcional en el mundo por su capacidad de atraer visitantes, ofrecer experiencias únicas y combinar como nadie lo que es aspiracional con lo empático. Pues bien, después de tres días de congreso abarrotado de gente, conferencias apasionantes y un sentimiento de total infoxicación puedo confirmarles que Barcelona tiene cuerda para rato. 

La gente de fuera que viene a ver qué pasa en el mundo del comercio y de las vivencias de marca (entre nosotros, todas las formas en las que te puedo vender algo) se queda flipado con las apps para comprar en el mercado del barrio (Manzaning) y de hoteles independientes (Casa Bonay) que redefinen desde la empatía lo que es la socialización hoy. O de marcas (Si Vas Descalzo) que no distinguen entre el mundo físico o digital porque nacieron así y los combinan como nadie. Eso no significa que Barcelona no deba ponerse las pilas más en temas de horarios comerciales y deba aprender a combinar mejor los espacios para residentes y los que cumplen una función eminentemente turística. Barcelona ha de reconciliarse consigo misma después de pasar la pubertad posmoderna urbana. Somos (uso el plural de forma orgullosa y consciente) uno de los referentes globales de la contemporaneidad, y todo el mundo quiere venir. 

Los barceloneses, aunque sea a tiempo parcial, debemos estar orgullosos de lo que somos sin cambiar nuestra identidad ni lo que nos hace singulares. Porque es eso, a fin de cuentas, lo que hace que la gente nos visite y repita. Y si lo hacemos un poco mejor, puede que hasta consigamos que se deje un dineral.