Fomento de la lectura

Que los niños lean es fácil." data-share-imageurl="">

Cuando mi hijo era niño, a menudo le hablaban a base de diminutivos:

–Hoy comeremos verdurita. Y, de segundo, tortillita.

Así con todo. No había sustantivo que se escapase de esa obsesión: chaquetita, colita, perrito, gatito, pelotita... Yo creía que era exclusivo de casa, pero pronto descubrí que era algo generalizado. No le veía la gracia. En una época en la que los críos aprenden a identificar las palabras, si todas acaban en -ito o en -ita, y esas últimas son las que suenan más porque la i abandera la tónica, ¿no es una forma de complicarles la vida? ¿Qué problema hay en decir verdura, perro, gato o pelota?

Que los niños lean es fácil. Sólo hay que saber cómo incentivarlos

Creía que la costumbre había pasado a mejor vida, pero, semanas atrás, en un restaurante ecuatoriano, escuché cómo una señora le explicaba a su hija que tomarían un sancochito y unas empanaditas. Luego, siempre que veo a adultos con niños, aguzo el oído y detecto que la tendencia persevera.

Luego pasa lo que pasa. ¿Cómo van a interesarse más adelante por leer si los libros no van trufados de diminutivos? Me vino a la cabeza aquel profesor de la Universidad de Columbia que tradujo el Quijote al spanglish, para que lo entiendan sin dificultad los newricans: “In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase...”.

¡Es eso lo que hay que hacer para atraer a los niños criados a base de diminutivos! Aquí, mi versión de ese inicio del Quijote: “En un lugarcito de la Mancha, de cuyo nombrecito no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalguito de los de lancita en astillero, adarguita antigua, rocinito flaco y galgo corredor. Una ollita de algo más vaquita que carnerito, salpiconcito las más noches, duelitos y quebrantitos los sábados, lentejitas los viernes, algún palominito de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su haciendita. El resto della concluían sayito de velarte, calcitas de velludo para las fiestecitas con sus pantuflitos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casita una amita que pasaba de los cuarenta, y una sobrinita que no llegaba a los veinte...”. Y así todo, incluido El capitalito, La constitucionita españolita y El principito, que se convertirá en El principitito