El impostor

Siempre he querido hacerlo, pero nunca me he atrevido. Al llegar a un aeropuerto y traspasar las puertas de la zona restringida, nos damos de bruces con la multitud de los que esperan, parientes, amigos, empleados... Esas puertas van bombeando, como olas, pasajeros de diferentes vuelos. A veces, la gente, cansada de esperar, pregunta con impaciencia a los que llegan: “¿Vienen ustedes de Nueva York, de Tel Aviv, de Buenos Aires?”. Entre esas gentes que esperan suele haber tres, cuatro, cinco que levantan un folio o una cartela donde se leen en bien visibles letras, siglas, una empresa, el nombre de una persona: “Mr. Fraser”, “TCC”, “Hotel Ritz”, “Señor Moltó”... Visten por lo general estos chóferes o subalternos trajes oscuros a tono con la persona que vienen a buscar, que probablemente creerá ser, puesto  que vienen a recogerlo, muy importante.

se han presentado diciendo
ser lo que
no son, y todos les creemos 


La idea se me ocurrió hace años, en un viaje a París. Había ese día una huelga de taxis y transportes, y el caos en el Charles de Gaulle era completo. En la zona de espera vi varios de esos tipos y entre ellos uno con un “Sr. García”. Me dije: “Mira por dónde alguien me va a llevar al centro; siempre podré decir que a mí también me esperaban para llevarme al hotel”. Entonces se me ocurrió: así podría empezar una novela, alguien llega a una ciudad y se hace pasar por otro, y quienes lo esperan lo toman por quien no es, y el enredo continúa. El cine abordó este argumento en una película hilarante, Bienvenido Mr. Chance (Peter Sellers). En ella, un simple jardinero acaba de consejero del presidente de Estados Unidos, quien lo toma por un hombre prudente y sagaz, aunque sólo es un hombre medio tonto, cuya única virtud es hablar poco, no decir nada y dejar que los demás se lo interpreten.

Bien, yo nunca me he atrevido a hacerme pasar por una de esas personas a las que esperan en los aeropuertos, no he tenido esa audacia. Pero hoy sé que otros lo han hecho, otros lo hacen de continuo, mientras los interpretamos. No hay duda. La mitad de los que ocupan un cargo de responsabilidad son unos impostores. Se han presentado diciendo ser lo que no son, y todos les creemos. Sólo así puede explicarse su contumaz incompetencia, blindada en la sangre fría con la que llevan a cabo su sostenida estafa, imperturbables.