Impresiones

Como soy poco mitómana, mis euforias al tener cara a cara a aquellas personas a las que admiro son bastante contenidas. Y, por la misma razón, las oportunidades de que mis ídolos se acaben estampando contra el suelo también son limitadas cuando los acabo teniendo cerca en la vida real.

Pero a veces pasa: hay gente a la que aprecio y respeto, o cuya valía reconozco, que me ha sorprendido para bien o para mal cuando la vida nos ha hecho coincidir, lo cual seguramente no significa mucho porque estoy hablando de momentos muy concretos, incluso de encuentros que han durado apenas unos minutos, incluso de alguna ocasión en la que ni siquiera hemos llegado a cruzar palabra, tan sólo hemos compartido un entorno común y próximo, y todos podemos tener un día glorioso o un día de perros, una noche brillante y ocurrente o una salida de pata de banco como para tirarnos por el balcón. Así que sí, lo reconozco, un acercamiento momentáneo es seguramente irrelevante, asintomático, banal. Pero esas primeras sensaciones destilan factor humano y a menudo quedan grabadas a fuego, y ni el quitamanchas Bosqueverde de Mercadona sirve para arrancárnoslas de la cabeza.

esas primeras sensaciones a menudo quedan grabadas a fuego

Me ha ocurrido con escritores, autores a los que leo con agrado, incluso con admiración. Con algunos ha habido una conexión inmediata, una empatía que se mantiene latente aunque cada uno lleve su camino. Con otros, en cambio, he de reconocer que se me han caído al suelo los palos del sombrajo, ustedes me entienden, seguro que sí.

Me ha pasado con periodistas, voces cualificadas y solventes que he visto, oído o leído durante años, y que en la distancia corta a veces se reafirman como los intuyes, a veces hasta crecen y se elevan, y otras se tornan un absoluto bluf.

Me ha pasado con celebrities y figuras mediáticas: actores, presentadores, cocineros, gente de moda, qué sé yo. Unos me han sorprendido para bien, otros me han resultado anodinos, los ha habido también para echarles de comer aparte.

Y me ha pasado con políticos, cómo no. Algunos ajenos a mis ideas me han resultado momentáneamente cautivadores. Algunos más cercanos, como ese con el que acabo de compartir un vuelo de siete horas, se me han desmoronado como estatuas de sal.

Instantes fugaces, meras impresiones súbitas. Pero qué difícil resulta deshacerse de ellas, ¿verdad?