Irse

Cada cierto tiempo salta a la palestra (dicho en tono gimnástico) un asunto relacionado con la lengua española que divide a la opinión pública en controversias tan enconadas como recreativas y pasajeras. La gente, incluso sin tener ni idea, porque a menudo se trata de asuntos peliagudos (cortar pelos en tres), toma partido por uno u otro bando. Sucedió hace unos años con la tilde de sólo (“¿Me he tomado un café solo o me he tomado sólo un café?”) y ha vuelto a suceder con el imperativo idos (correcto) e iros (que la RAE, admitiendo su incorrección, acaba de acreditar). Lo extraño es que en pleno birlibirloque (“¿café solo para todos” o “café cortado sólo para unos?”) nadie haya visto en ese idos o iros un criptomensaje del lado oscuro de la fuerza. Sin entrar en esto último, digamos que la solución a tan formidable disputa corrió (pasémonos al tono artillero) como la pólvora: “Ni íos, ni idos, ni iros: irse”, tal y como dejó dicho en frase inmortal Lola Flores, la Faraona, a una turba de seguidores que, en medio de la boda de su hija, amenazaba con la estampida: “Si me queréis, ¡irse!”. 

La lengua es lo que la gente quiere que sea

La lengua es lo que la gente quiere que sea, y la que tenemos por un dechado, la de Cervantes, está llena también de incorrecciones. Vaya que sí. Una lengua sin ellas es una lengua muerta, académica, embalsamada. Que lo digan, si no, los académicos. Entre las acepciones que el diccionario de la RAE da de la palabra académico, por ejemplo, es llamativo que no haya ni rastro de ninguna despectiva, como inane o pesado. Lo que digan, pues, algunos académicos, de idos o iros, o lo que no digan de académico, ¿importa mucho? 

El pintor Gutiérrez-Solana, que tanto se rió de las academias, fue autor, como es sabido, de media docena de libros extraordinarios que han tardado un siglo en formar parte de la literatura. Son una extraña mezcla de instante y sucesión, poesía y prosa a un tiempo. La suya está, no obstante, sembrada de coces a la ortografía y licencias tremebundas. Una de las más divertidas es escribir eruptar por eructar. “Eruptando sus latinajos”, dice de unos curas. ¿Incorrecto? Según: ¡cuánto de erupción volcánica tiene a veces un eructo! Y al revés, cuántas erupciones se quedan en eructos o parto de los montes. Íos, idos o iros a la política para verlo. Y por supuesto: la lengua, cuando está viva, además de elevarse, también sabe reptar.