La(s) cadena(s) de (la) producción

Hace algunos años, conocí en El Ejido a una mujer muy interesante, productora de tomates ecológicos con el sostén científico de la Universidad de Almería, que para eso también están las universidades. Ella me explicó que para que sus tomates se vendan en El Ejido, la cadena de distribución los obliga a hacer un recorrido que los lleva hasta Madrid, pasando por Sevilla, y luego de vuelta a los supermercados del lugar donde se han producido. Unos absurdos 1.800 kilómetros de traqueteo.

Estoy dispuesta a participar en una manifestación de escritores. por si alguien se anima

Entremedias, por supuesto, el precio va subiendo y el mundo contaminándose un poco más. Por no decir que los tomates deben ser recogidos en un punto preciso de no maduración para llegar en condiciones a los estantes. Un disparate total del actual sistema de distribución de nuestros alimentos. Lo sabemos desde hace mucho: quien menos beneficios obtiene en todo esto es el agricultor, o sea, el que se lo curra.

Lo mismo sucede en casi todos los sectores. Pensemos por ejemplo en el textil, esa monstruosidad de explotación de personas casi en régimen de esclavitud. Pero por hablar del que mejor conozco, el del libro, no está de más recordar que los escritores cobramos sólo entre el 5% y el 10% de cada uno de los ejemplares vendidos de nuestras obras –teniendo que fiarnos de los números que nos dan las editoriales, porque no existe ningún sistema de control sobre las ventas–, y el 90% restante se lo reparten la editorial, la distribuidora y las librerías. Por supuesto, si les preguntan ustedes a representantes de cualquiera de esos tres ámbitos, les dirán que las cosas les van fatal. Imagínense a nosotros...

Últimamente, las gentes del campo han comenzado a rebelarse. ¡Bien por ellas! El asunto es muy complejo, qué duda cabe. Pero, en el fondo de todo, subyace ese sistema perverso que nos afecta a casi todos por igual, salvo a los listos-del-mundo, los que se forran a costa del trabajo de los demás. No sé qué soluciones hay (algunas las puedo intuir), pero algo tendrá que cambiar en todo este entramado de productor-distribuidor-minorista-cliente. Y no podrán hacerlo sólo los políticos, tendremos que hacerlo todos, unos protestando como productores y otros exigiendo como consumidores. (Por cierto, estoy dispuesta a participar en una manifestación de escritores. Por si alguien se anima).