Las revueltas que vienen

Una de las causas directas de la Revolución Francesa fue la carestía del pan y, en general, las malas condiciones de vida de las clases populares, que comenzaron a alzarse contra el gobierno de Luis XVI ya algunos años antes del estallido definitivo de 1789. Lo mismo ocurrió en la Rusia zarista previa a la Revolución bolchevique. O en la Alemania empobrecida que dio el poder a Hitler y su Partido Nazi en 1932.

La mayoría de las transformaciones políticas radicales y violentas –hacia un lado ideológico o hacia el contrario– han sucedido así: la gente común se harta de vivir mal y de ver cómo los poderosos abusan de ellos. En nuestra sociedad occidental empieza a haber síntomas de que cosas parecidas pueden estar a punto de ocurrir. Hay dos ejemplos ya más que evidentes: el de los chalecos amarillos franceses y las recientes protestas masivas en Chile. Ambas revueltas han obligado a sus respectivos gobiernos a revisar ciertas medidas previstas, demostrando de paso que a veces las cosas solo se consiguen por las bravas.

La última gran crisis económica ha sido la excusa ideal para que el neoliberalismo se desmelene 

La última gran crisis económica –fuera lo que fuese y se originase como se originase– ha sido la excusa perfecta para que el neoliberalismo en auge se desmelenara por completo. Desde entonces, los ciudadanos de numerosos países desarrollados hemos tenido que soportar una merma creciente de nuestra calidad de vida. Se ha instaurado como principio rector del mercado laboral la precariedad y el abuso. La presión fiscal –de impuestos directos o indirectos– se ha vuelto inasumible para muchos. La carestía de los bienes imprescindibles –vivienda, energía, alimentos, educación– parece seguir subiendo sin límites. La protección social ha disminuido hasta niveles alarmantes. Otros derechos elementales como el de la libertad de expresión van siendo recortados.

Entre tanto, las fortunas de los más ricos no paran de crecer. Los gobiernos a cargo de los partidos tradicionales obedecen sumisamente las reglas impuestas por los poderes económicos. Los sindicatos, que cumplieron un papel imprescindible en el siglo XX, se han desvanecido. Y la gente normal vive peor de día en día y se siente abandonada. Cuidado, señores y señoras del dinero y el poder, porque en cualquier momento pueden empezar a pasar cosas muy feas: cuando te están asfixiando, terminas dando manotazos para volver a respirar. Se ve venir.