Lejos de la Patagonia

En uno de los bares a los que voy habitualmente hay un camarero digamos peculiar. Si un día pido agua con gas y la siguiente vez que voy también pido agua con gas, la tercera vez que me siento en la mesa ya me la trae directamente, sin preguntarme si es lo que deseo beber o si ese día prefiero otra cosa porque no quiero que el estómago me burbujee; o por lo que sea. Y lo hace sin ni siquiera enseñarme el botellín antes de abrirlo para que yo asienta y así verifique que ha acertado. Cuando hace años pedía cerveza –tienen una Turia (“la cerveza tostada de València”) excelente– hacía lo mismo. Sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como las veces anteriores había pedido Turia, con su habitual sonrisa amable ya me ponía delante una copa.

Señoras y señores, Hoy estudiaremos el caso de los camareros predictivos

¿Por qué lo hace? Quizá considera que es una muestra de reconocimiento hacia el cliente, algo como: “Eh, para que vea que me acuerdo de usted, le traigo lo mismo que pidió las últimas dos veces que vino”. Pero ¿y si ese día, como sucede a menudo, no quiero tomar lo que tomé las últimas veces? ¡Cuántas veces me he bebido el botellín de agua con gas que ya me ha abierto para no hacerle un feo! No sería un feo si un servidor fuese una de esas personas de costumbres inmutables que invariablemente cada día toman lo mismo, esas que le dicen al camarero:
 –¡Ponme lo de siempre!

Ese tipo de camareros funciona como el sistema predictivo de texto del móvil. Empiezas a escribir las primeras letras de una palabra: “pat...”, y antes de que hayas acabado de teclearla te la completa: “patatero”. Pero tú no querías escribir ‘“patatero” sino –pongamos por caso– “patagónico” y te ves obligado a borrar las letras equivocadas y volver a empezar. ¿Y por qué ha autocompletado la palabra como si quisieses escribir “patagónico”? Pues porque en ocasiones anteriores habías escrito “patagónico” más a menudo que “patatero”.

Cuando voy, para comer nunca pido dos días seguidos el mismo plato –conejo al ajillo, por ejemplo, que les queda muy bien–, porque tengo claro que si lo hiciera, con  su mencionada sonrisa amable, al tercer día y sin preguntarme antes qué quiero comer, me dejaría en la mesa, entre el tenedor y el cuchillo, un plato de conejo al ajillo. Y muy bien podría ser que, justo ese día, prefiriera comer bacalao con tomate. O fricandó, que también les queda de rechupete.