A lo que renunciaríamos

Roger Federer, el mejor tenista de todos los tiempos, ha dicho algo en lo que seguramente esté de acuerdo Rafael Nadal, el otro mejor tenista de todos los tiempos: querría ser una persona corriente y anónima.

El último deseo no pasa tanto por pedir algo nuevo como por conservar lo viejo

Si anotáramos en un papel no las cosas que ha de hacer el Rey cada día, sino todas aquellas que no podrá hacer nunca, comprenderíamos cuánto encierra de maldición la expresión “vida de príncipe”: nunca podrá pasearse solo por las callejuelas de Venecia, ni tomarse una cerveza fría, leyendo el periódico, en una terraza de la plaza del Salvador en Sevilla, ni quedarse en casa la mañana del 6 de enero jugando con los regalos que han traído a sus hijas pequeñas unos Reyes más afortunados sólo porque son magos, ni entrar en cualquier sitio sin tener que dar la mano a cien personas, ni mirar escaparates una tarde cualquiera, ni hacer cola en un cine, hablando con unos amigos, ni escuchar lo que dicen dos adolescentes en el vagón del metro... 

Hace unos años preguntaron a Pedro Almodóvar, cuando la fama acababa de caerle encima, qué echaba de menos y respondió casi lo mismo que decía Federer: permanecer en una parada de autobús oyendo la conversación de dos mujeres.

¿Quién no ha jugado de niño, y aun de adulto, incluso de viejo, al juego de los deseos? ¿Quién no ha fantaseado con el genio de la lámpara? Casi todos los deseos acaban pareciéndose mucho, los del rico y los del pobre, los del joven y el viejo, los del hombre y la mujer: una buena salud, una vida decente sin demasiado penar que incluya amar y ser amados y... El tercero de los deseos deberíamos reservarlo no tanto para pedir algo nuevo como para conservar todo lo viejo a lo que por nada del mundo querríamos renunciar, a menos de dar al traste con todo aquello que habíamos logrado con los otros dos deseos. 

Cuántas horas de felicidad debemos a Nadal y a Federer los amantes del tenis. Han sido y son tantas que querríamos corresponderles con aquello que les falta a ellos y tenemos de sobra casi todos: anonimato. Pero al momento comprende uno que no puede dar su anonimato, y renunciar a él, sin destruirlo, y lamenta que la felicidad, incluso la más modesta, haya de ser algo egoísta.