Los niños salvajes

Últimamente se habla muchísimo en los medios de comunicación de los menas, los menores no acompañados, es decir, los críos que llegan solos a España, normalmente desde Marruecos. Críos sin familia y sin referentes morales que a veces cometen tropelías o incluso delitos graves. Algunos quieren hacernos creer que son los únicos chicos que se comportan mal en España. Pero me temo que estamos rodeados de menores malcriados por progenitores que les hacen pensar que son los reyes de la creación. Estoy segura de que saben de lo que hablo, porque todos nos los encontramos por ahí, molestando y faltando al respeto, cuando no delinquiendo abiertamente.

Me pregunto en qué clase de adultos se convertirán nuestros jóvenes malcriados de hoy

A mi amiga M., los niños salvajes han acabado por crearle un auténtico drama. M. montó hace unos años un pequeño hotel rural en un pueblecito del norte, una localidad medio abandonada que forma parte del Camino de Santiago. Un lugar que parecía tranquilo y adecuado para ofrecer albergue a los peregrinos que suelen pegarse grandes madrugones para evitar el calor. 

Con su pequeño negocio ya en marcha, M. descubrió que el reducto de paz se convierte en cuanto llega el buen tiempo en un infierno nocturno. Muchas familias del lugar que viven en la ciudad regresan los fines de semana y los meses de verano. Los niños y los adolescentes juegan por la noche en la plaza del pueblo, justo delante del hotelito. Jugar es una palabra hermosa, por supuesto, y la idea de que los críos se diviertan en la calle suena muy bien. Pero cuando la diversión dura hasta la 1 o las 2 de la madrugada y consiste en tirar balonazos contra las casas, poner música a todo volumen o usar motocicletas y quads, hablamos de otra cosa.

Ni los ruegos por las buenas, ni las protestas, ni la búsqueda de mediación del Ayuntamiento, ni las llamadas a la Guardia Civil han servido para nada. Es más, lo que han provocado es que los chicos malcriados se conviertan en jóvenes delincuentes y destrocen a patadas y golpes las jardineras, el buzón y hasta la propia puerta del hotel. Sin que nadie intervenga. 

Finalmente, mi amiga se ha visto obligada a cerrar un negocio que podría haber sido bueno no sólo para ella, sino también para el pueblo. Los niños salvajes han vencido. Y yo me pregunto en qué clase de adultos se convertirán mañana estos menas nuestros, erróneamente hiperprotegidos por sus progenitores y por todas las autoridades implicadas.