El mal

Estar escribiendo un libro sobre Madrid le ha llevado a uno a leer otros muchos sobre esta ciudad que consideramos propia todos aquellos que vivimos en ella. De Madrid no es nadie y lo es cualquiera, todo el que pretenda serlo, nada ni nadie se lo va a impedir, y eso es acaso lo mejor que puede decirse de cualquier lugar. Alguien se preguntaba hace poco cómo se llamaba a los que habían ido al País Vasco a trabajar desde otras provincias españolas: maquetos. ¿Y en Catalunya? Charnegos. ¿Y en Madrid? Madrileños.

Todos queremos que por la mañana se hayan llevado la basura y lo sucio quede para el arte

Y bien, lo que he visto en esos libros es que aquellos en los que se dicen cosas agradables nos caen mejor que los que se dedican a descubrir bubas y lacras. Pero lo cierto es que no hay uno solo que no cite la frase de las memorias íntimas de Alcalá Galiano, por lo demás fascinantes: "Era Madrid un pueblo feísimo [a comienzos del siglo XIX], con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío." O sea, Larra mejor que Galdós. La sátira, sin embargo, está bien para un rato, pero caduca antes que la empatía. No es extraño que la modernidad se iniciara con un libro que se tituló Las flores del mal. La pregunta es, ¿el mal da flores? Si creyéramos a José María Pemán, sí: no se le ocurrió otro modo de refutar a Baudelaire que un largo poema de título sonrojante: Las flores del bien. 

La mayor parte de la gente se relaciona, o procuramos hacerlo, con buenas personas. Y sin embargo, en la ficción (novelas, películas, series), no hace uno otra cosa que seguir las peripecias de mafiosos, criminales, estafadores, gentes que engañan a sus semejantes, que maltratan a los más débiles y que no tiene escrúpulos. Más aún que la frase de Alcalá Galiano se ha citado a Tolstoi, uno de los escritores con más fe en la redención: "Todas las familias felices se parecen, sólo las desdichadas lo son cada una a su manera". No sé. Todas las familias felices son al mismo tiempo desdichadas, y al revés, y no hay nadie a poco cabal que sea que no trabaje para que la suya sea de las aburridas, quiero decir de las feclies. Puede que a la modernidad sólo lo interese el mal como tema, intriga y ajetreo, y es evidente que los barrios sórdidos y la noche dan mejor en el cine, pero todos queremos que por la mañana se hayan llevada a la basura, dejando al arte lo que no deseamos para la vida.