Mala gente

El mundo está lleno de mala gente; a diario sabemos de sus vilezas por la radio, la prensa, la tele. Maltratadores, tiranos, pederastas, ladrones, violadores, asesinos: el catálogo es ancho y variado. Hay otros miserables de andar por casa, sin embargo, que no salen en las noticias porque sus acciones son infinitamente menos cruentas. Pero están ahí, por la calle, por la vida, dando por saco con sus pequeñas ofensivas, unas veces hiriendo, otras molestando, siempre inconmovibles, abominables.

Escribo hoy sobre ellos por algo que le ocurrió hace unos días a mi padre. Nacido en el 33, jubilado tras largas décadas de trabajo tenaz, cortés a la antigua usanza y respetuoso con el mundo en todas sus facetas. Un ciudadano de bien, vaya; de los que, como tantos cientos de miles, ayudó a levantar este país a costa de esfuerzo diario sin quebrarse jamás. Los achaques naturales le llevan a ver a los médicos cada dos por tres: a una consulta con la dermatóloga iba cuando tuvo lugar el incidente.

...para qué perder el tiempo con un octogenario lento de reflejos...

Madrid, media mañana, un autobús. Se sube con la escasa agilidad que le permiten una vieja rodilla de titanio y esas piernas que cada día le pesan más, da los buenos días amablemente aliviado tras el esfuerzo, se echa mano al bolsillo. Y se encuentra, vaya mala sombra, con que ha olvidado coger monedas sueltas y sólo puede pagar con un billete de diez euros. Se lo tiende al conductor; disculpe dice. Sin cambio, es la respuesta. Y una orden: bájese. Él insiste, propone alternativas. Negativo, masculla el tipo con aspereza. Abajo, venga, deprisa. Y a la calle que fueron de nuevo, con un cuidado infinito para no acabar en el suelo, sus huesos cansados, su mente olvidadiza y su desconcierto.

No debió ser así, lo indica bien claro la normativa. Es cierto que los conductores  no están obligados a dar cambio de más de cinco euros, pero tampoco pueden negar el trayecto a quien intenta pagar con un billete superior: tienen que aceptarlo y, en lugar de devolverle la diferencia en metálico, deben entregar un vale por ese importe que se desembolsará al interesado en la correspondiente oficina de la empresa.

Pero para qué perder el tiempo explicando todo ese trámite a los octogenarios lentos de reflejos, cuando es más rápido largarlos sin contemplaciones.

Lo dicho, hay mucha mala gente. Algunos dan titulares, otros conducen un autobús.