Maná, maná

En Brasil hay siete millones de personas en situación de penuria alimentaria. Sólo en de São Paulo son millón y medio. Ante este panorama, el alcalde de la capital del estado, João Doria, ha presentado una solución que permitiría (que permitirá, estoy seguro) solucionar el problema. Se trata de una gama de productos fabricados por una organización que lucha contra el hambre en el mundo y que incluye harinas, galletas, bolitas y espaguetis fabricados a base de productos al borde de la fecha de caducidad. Convenientemente procesados, se convierten en alimentos ideales para combatir la malnutrición.

No hay idea, buena o mala, que no reciba críticas de los decididos a criticar 


Según muchas personas, la fecha de caducidad es algo sobrevalorado. El exministro Arias Cañete, el mismo que para ahorrar energía se duchaba con agua fría y que, en la época de las vacas locas, se zampaba filetes de ternera uno tras otro, se hartó de explicar también que come yogures caducados sin ningún problema. Y ya que hablamos de yogures, hace décadas un empresario catalán que también se dedicó a la política, Lluís Prenafeta, compraba aquí a bajo precio los lotes que estaban a punto de caducar, los metía en un avión, se los llevaba a la Unión Soviética y allí los vendía. El negocio era redondo. Uno del PP y el otro de CiU, ambos coincidían en una cosa: a las fechas de caducidad no hay que hacerles demasiado caso.

Los productos presentados por el alcalde paulistano han sido recibidos con ciertas protestas. Los críticos se fijan en las bolitas. Dicen que recuerdan a la comida de perro y que ese “pienso para pobres” es indigno y humillante. No dicen nada de los espaguetis, la harina y las galletas, porque eso desmontaría sus argumentos. João Doria alega que son un “alimento bendito”, que ya se distribuye entre los ciudadanos que pasan hambre. Esas críticas me dejan pasmado. Mejor esa propuesta que la de Pedro Fernandes, un legislador brasileño que, vista la situación económica y para reducir gastos, hace un año propuso que los pobres no coman cada día sino cada dos. Y mejor también esos espaguetis y esas galletas que pasan un control que rebuscar en las papeleras y los contenedores, como hacen aquí algunas personas. No sé si el maná que Yahvé proporcionó cada día al pueblo de Israel durante los años que deambularon por el desierto –en ruta hacia la tierra prometida– estaba también procesado a base de productos a punto de caducar, pero lo que es seguro es que los salvó de la muerte.