La máquina del millón

Resurge el ‘pinball’, que parecía que ya sólo interesaba a los anticuarios 

El primer día que fuimos descubrí que había una máquina del millón, ese juego que algunos llaman con su nombre inglés, pinball." data-share-imageurl="">

En agosto pasé unos días con mi nieto en un pueblo en el que vivo a temporadas. Algunas mañanas íbamos a pasear. Acabábamos siempre en el café de la plaza mayor. Sobre todo porque hay una máquina recreativa en forma de coche, esas en las que, tras meter una moneda, se encienden luces y empiezan a balancearse y a emitir ruiditos. 

Resurge el ‘pinball’, que parecía que ya sólo interesaba a los anticuarios 

El primer día que fuimos descubrí que había una máquina del millón, ese juego que algunos llaman con su nombre inglés, pinball. Hacía años que no había. Como la sala es enorme, en el fondo hay un par de billares y en un lado, un futbolín. A lo largo del tiempo han habido ahí maquinitas de trivial y de cincuenta mil otras cosas, e incluso una mesa de hockey de aire, esas en las que dos jugadores impulsan con mazos un disco hacia la portería contraria, teniendo en consideración la influencia chupadora de las pequeñas salidas de aire. Los juegos aparecen un día, se pasan ahí un tiempo y luego se esfuman, porque la gente se harta de jugar siempre a lo mismo. Puse a mi nieto sobre una silla, frente al millón, y echamos un par de partidas. Cogía sus manos con las mías porque enseguida vi que accionaba los flippers constantemente, sin esperar a que la bola estuviese bien situada. Con tres años no se puede pedir más. 

Estas últimas semanas he empezado a ver que quizás el retorno del pinball al café del pueblo forma parte de una tendencia. En el mundo entero resurge ese juego de los sesenta y setenta que parecía que ya sólo interesaba a los coleccionistas de antigüedades. Los fabricantes dicen que es porque, aunque los videojuegos son divertidos, con ellos no tienes la misma “acción táctil” que con una máquina de millón. Las que se fabrican ahora vienen con pantallas y altavoces mucho más sofisticados. Los que fuimos adictos a ese juego recordamos la influencia que tuvo en las costumbres de una época. Desde el disco Tommy de The Who –difícil de entender si desconoces lo que significa el millón– hasta la novela Pinball, 1973 de Haruki Murakami, editada por Tusquets. Va de un joven apático que trabaja como traductor y vive obsesionado con ese juego. Hacia el final del libro se esfuerza por recuperar el viejo pinball frente al que se pasaba los días. A ver si con el resurgir del juego, finalmente le conceden el Nobel a Murakami y acabamos con la bromita sobada que se repite, año tras año, cada vez que no le dan el premio.