El mayor gesto de amor

No puedo imaginar un gesto de amor más grande que el de Ángel Hernández hacia su esposa, María José Carrasco. Grande, generoso y valiente: luchamos por la vida de aquellos a los que queremos hasta el límite, así es nuestra naturaleza, pero cuando ya sólo queda dolor –y muerte en medio del dolor–, anhelamos su paz. Quien haya visto agonizar a un ser querido sabe de lo que hablo. Ahora bien: es cruel, muy cruel, dejar ese asunto en manos de las personas afectadas, con los riesgos médicos y penales consiguientes. La sociedad tiene la obligación de acompañar a quienes se vean en esa situación, de arroparlos y facilitar con todos los medios posibles un gesto tan difícil y tan deseado.

La idea de sufrimiento innecesario nos parece cada vez más insoportable, y ya nada lo justifica


En muchas cosas, evolucionamos a mejor, qué duda cabe. Aunque a menudo nos parezca lo contrario, la sociedad occidental es más tolerante y más compasiva de lo que había sido nunca. La idea del sufrimiento innecesario nos parece cada vez más insoportable y, mayoritariamente –creo–, consideramos que no hay ni divinidad ni moral que lo justifiquen. La palabra eutanasia ha ido perdiendo las connotaciones negativas para centrarse en su significado más puro: el buen morir. Irse de este mundo con serenidad y a tiempo, antes de que la naturaleza nos convierta en seres ya no vivos, pero todavía no muertos, padeciendo y generando tan sólo dolor y angustia. 

Respeto las creencias religiosas que pueden llevar a alguien a considerar que su muerte está en manos de Dios (aunque, de ser lógicos y consecuentes, creo que esa idea es en sí misma incompatible con los tratamientos médicos y las intervenciones quirúrgicas). Pero la eutanasia legal nunca será una imposición para quien la rechace, igual que no lo son el divorcio o el aborto, por mencionar dos asuntos que provocan grandes debates morales. 

Como en todos los países de nuestro entorno que ya han dado el paso, esa ley permitirá regular con un cuidado exquisito, mediante comités médicos que avalen la decisión, algo que muchos estamos exigiendo como uno de nuestros derechos fundamentales. Quienes lo apoyamos llevamos veinte años esperando que nuestros sucesivos gobiernos se decidan a hacerlo. No sé qué ocurrirá después de estas elecciones, pero confío en que al fin nuestros legisladores se atrevan a abordar este asunto tan fundamental. Que la valentía de Ángel y María José se contagie al Congreso de los Diputados, por Dios.