El móvil y la pesadilla

No saben cómo añoro los ya lejanos tiempos en los que un móvil era tan sólo un teléfono portátil que podías activar cuando lo necesitabas para hacer o recibir llamadas. Un invento ­extraordinario, que nos facilitó enormemente la vida a quienes, por las razones que fuesen, no parábamos en casa. Un fantástico aparato al que yo, en su momento, me apunté de inmediato. 
Con el paso de los años, esa maquinita monísima se ha ido convirtiendo en un chisme antipático, invasor y peligroso para nuestra salud mental. Ya sé que parezco una de esas ancianas que recuerdan con nostalgia los tiempos en que se bailaba agarrado en lugar de desmelenarnos como salvajes en las discotecas, pero lo cierto es que el dichoso smartphone, el teléfono supuestamente inteligente, ya hace tiempo que me tiene harta, con tantas tontunas añadidas a su utilidad básica.

durante los días que lo arreglaban me sentí liberada y feliz, hasta recuperarlo

Durante las últimas Navidades, al mío le dio por estropearse. Mientras me lo arreglaban y no, anduve cinco días con una vieja pieza arqueológica en la que no disponía del famoso sistema de mensajería WhatsApp. Incauta de mí, me sentí durante esas jornadas como una persona nueva, liberada y feliz, hasta que recuperé el trasto inteligente y descubrí, horrorizada, que me esperaban casi 300 mensajes sin contestar. Como además todos mis contactos desaparecieron (supuestamente, deben de estar en algún lugar del éter, quizá flotando entre los arcángeles y las potestades), en las más de dos semanas que han transcurrido desde entonces ni siquiera he conseguido saber quiénes son muchas de esas personas que me felicitaron el Año Nuevo, me preguntaron qué tal estaba o me mandaron alguna tontería. 
Ay, Hermes, Hermes (clamo al dios olímpico de los mensajeros), ¿qué nos ha pasado? ¿En qué nos hemos convertido en tan sólo unos años? Somos seres pegados a un chisme que dedicamos las mejores horas de nuestras cortas vidas a hacer fotos de nuestra inanidad, a comunicar y recibir incesantemente toda clase de banalidades y a asomarnos a las inciertas ventanas de la verdad sin las que nuestras existencias ya no parecen tener sentido. Un poco de todo eso estuvo bien, pero el exceso ha terminado por convertirlo en una pesadilla a la que, la verdad, no le veo solución. ¿Cómo vamos a desenchufarnos de ese entramado? ¿Cuándo volveremos a quedarnos en silencio, contemplando simplemente, igual que los sabios del pasado, cómo crece la hierba?